Desmembrado, sin lanza y con ridículos lentes de sol, en una desolada esquina de Lumaco se encuentra el símbolo del Cacique Pelantaru, heroico guerrero que derrotó uno de los mejores ejércitos de su época.

En los primeros días de enero de 2010 por esas casualidades de la vida me invitaron a Lumaco, a la inauguración de uno de los cuatro íconos mapuches que la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Temuco había preparado para conmemorar los principales hitos de la Araucanía. En este caso se trataba de una estatua ecuestre hecha en roble y ciprés por el tallador de Cañete Francisco Elgueta Jara, cuya efigie sería entregada a la comunidad en un acto oficial.
En la ceremonia estuvieron presentes representantes de diversas comunidades mapuches de la zona, loncos, académicos de la Universidad, el Alcalde Manuel Painequeo e inclusive un grupo de machis que realizó una rogativa (Ver artículo completo).
El monumento estaba concebido para inspirar el orgullo de los lumaquinos como símbolo de la bravura de un pueblo. Sin embargo, al poco tiempo me avisan que al ícono le habían sacado un brazo y lo habían cambiado de ubicación, quedando frente al Retén de Carabineros para mayor resguardo. Era una mala señal.
Pero lo que me encontré el sábado 10 recién pasado raya en lo cómico. El monumento sin brazo ni lanza, mal pintado, con un barniz que chorreó por los costados, la madera abierta y unos irrespetuosos lentes de sol en sus ojos, causan risa en un primer momento; pero luego, conmoción. Uno se pregunta primero por la falta de respeto de quienes cometieron tal irreverencia, luego por la indolencia de quienes pasan todos los días por ahí y no reparan en la afrenta que significa para la dignidad del pueblo Mapuche y su cultura.

¿Qué está pasando realmente? ¿Está llegando también a los pequeños pueblos aquel vandalismo con que algunos suelen atentar contra monumentos históricos en nuestras grandes urbes, aprovechándose de la inercia embobada de la mayoría? ¿O se trata de una de las diferentes formas de tensiones y conflictos que recorren hoy nuestro país y el mundo? Porque hay los que, amando su propio ser e identidad y la de su país, tratan de proteger y mejorar su patrimonio histórico-cultural y celebran sus tradiciones. Pero hay también los que solo viven del amor egoísta a sí mismos, sin respeto por nada ni por nadie, sin rumbo; o peor, con el deseo oscuro de envilecer o de destruir todo lo que pueda parecer digno, decoroso y ordenado. El tiempo lo dirá.
Mientras tanto uno se pregunta: la Municipalidad que recibió la donación de este monumento, debiendo velar por su conservación, ubicado además en un terreno de su dependencia, ¿qué hace frente a esto?





