Tito Alarcón

Licenciado en Historia – Universidad de Valparaíso. Fotógrafo Profesional.

Los grupos folcloricos tienen gran parte del mérito en el renacimiento de muchas tradiciones, como la Cruz de Mayo. Un afecto que llega a lo minucioso les hizo indagar y redescubrir las canciones y los rituales que animan esta singular procesión nocturna. No sólo han recuperado un hábito cultural, sino que han abierto una ventana para mirar las creencias profundas del alma popular.

La Cruz de Mayo ha sido una tradición arraigada durante generaciones en los campos y ciudades de la Zona Central. Desde las primeras misiones, los símbolos de la fe católica fueron empleados como lenguaje dirigido al corazón, con esa elocuencia que no tiene la palabra.

La fiesta ancestral celebrada en mayo sufrió algunas interrupciones en los últimos decenios; pero, como árbol de profunda raíz, ha rebrotado para sorpresa de muchos que la consideraban ya nada más que un bello recuerdo.

El Templo Votivo de Maipú, entre muchas otras iglesias y parroquias santiaguinas, ha retomado la fiesta de la Cruz gracias a la iniciativa de devotos que dan lo mejor de sí en esta celebración, desde que hace 10 años se abocaron a recuperarla. Canciones y trajes, velas y faroles decoran el exterior; y en el interior, el regocijo se expande cuando la Cruz, entretejidas de flores y cintas inicia a su viaje en procesión por las calles. Se preparan varias cruces que se entregan a varios grupos. El Padre Carlos Cox, rector del templo, encabeza uno de ellos, encaminándose a distintas poblaciones del sector.

Mientras la Cruz avanza en medio de la calle, las puertas de los hogares se van abriendo. Muchos donan alimentos que luego serán repartidos a las familias más necesitadas del área parroquial.

El alma popular siempre se muestra ávida de símbolos en los cuales expresa, con incesante fecundidad, sus más hondas impresiones sobrenaturales. El florecimiento orgánico de estas manifestaciones –como la Cruz de Mayo– dan cuenta de la pujanza y creatividad del propio espíritu de los pueblos, distribuido en los hijos e hijas que a Dios elevan plegarias desde el escenario donde transcurren sus vidas.

Todo un ventarrón de calidez, vida y memoria gira en torno a la Cruz de Mayo, símbolo de la vida renacida tras la muerte aparente. Así también el alma popular se renueva, a veces se esconde, pero nunca cede en sus bríos ni en sus anhelos por manifestar en este mundo las profundas esperanzas que guarda de otro mejor. Esperanzas que vuelca en sus canciones, en sus colores, en sus trajes y que extiende como un aliento de vida entre quienes cultivan estas tradiciones.

 

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