Héctor Alarcón Carrasco

Escritor e investigador. Especialista en Historia Aeronáutica y Ferroviaria. Autor de diversos libros.

Entrando a la Catedral de Santiago, a mano derecha, una cripta de mármol conserva los corazones de cuatro héroes de la Guerra del Pacífico. Casi todos quienes pasan por ahí no los advierten, no los recuerdan, y las nuevas generaciones ya casi no los conocen.

Hace ya 131 años, los días 9 y 10 de julio de 1882, tuvo lugar en la sierra peruana uno de los hechos de armas que más conmocionó a nuestro país.

No porque en esa batalla (sangrienta como todas), hubieran 77 soldados muertos, sino porque una guarnición completa de nuestras fuerzas fue aniquilada con todos los rigores que pueda imaginarse el ser humano.

Por aquellos años la Patria era la vida, los chilenos, tanto militares como civiles que fueron enrolados exclusivamente para participar en la Guerra del Pacífico, tenían muy en alto el sentimiento de esta palabra, por eso se enrolaron, por eso quisieron estar allí, por eso cuando supieron del valor temerario de Arturo Prat dieron un paso al frente y acudieron al llamado del clarín que resonaba con sus dianas y luego acompañaba a los tambores durante las prácticas en todos los regimientos del país.

Hasta allí llegaron Ignacio Carrera Pinto, que a los 31 años lo hizo en Los Andes en el Regimiento Esmeralda, conocido también como el regimiento de “los pijes”; el niño Arturo Pérez Canto, que a los 17 años se embarcó furtivamente hasta Arica en el vapor Matías Cousiño, donde logró ingresar como soldado en el Regimiento Chacabuco; el joven Julio Montt Salamanca se enroló a los 19 años en el Batallón Curicó, en San Bernardo y finalmente el niño Luis Cruz Martínez, de 14 años, quien se unió al Batallón Curicó en 1880.

Serían estos los que por sus cualidades guerreras fueron logrando poco a poco sus galones de soldados a subtenientes y teniente, como el caso de Carrera Pinto.

Todos estuvieron en la campaña del Ejército hacia el norte y marcaron presencia militar en las duras batallas de Chorrillos y Miraflores que culminaron con la ocupación de Lima por el Ejército chileno.

Fueron estos muchachos, de distinta cuna y procedencia los que ya formando parte del Regimiento Chacabuco se encontraron los primeros días de julio de 1882 en el pueblo peruano “Concepción”, el mismo que nuestra historia ha recogido como “La Concepción”.

La Campaña de la Sierra fue una travesía dura, arriesgada, con mucho sufrimiento para nuestros soldados poco habituados a la altura; muchos estaban enfermos de tifus y otros heridos.


Ver Concepción en un mapa ampliado

Hay que recordar que nuestras fuerzas eran un ejército invasor, que no tenía apoyos logísticos definidos y por otra parte, como es natural, ningún peruano los quería en su tierra.

Fue así como cumpliendo órdenes superiores del Coronel Estanislao del Canto, El teniente Ignacio Carrera Pinto al mando de la 4ª Compañía fue destinado a relevar a la guarnición del poblado de La Concepción.

Se relevaba a una guarnición que tenía muchos enfermos y heridos. Eran la 2ª y la 5ª compañías del Batallón Chacabuco 6º de Línea.

Se había previsto que la 4ª Compañía sólo estaría algunos días en el lugar, pues se pensaba evacuar el grueso de las tropas desde Huancayo hacia el sur el día 8 de julio.

El relevo partió el día 5 y al día siguiente se retiraron las fuerzas de la 2ª y 5ª Compañías.

La Batalla

El día 9 de julio los pobladores del lugar salieron en peregrinación hacia un santuario ubicado en las cercanías, por lo que el pueblo quedó solitario y silencioso, situación que para nuestros soldados fue un presagio oscuro, que recién a las 14:30 horas tuvo su desenlace cuando un centinela dio el grito de ¡enemigo a la vista!

De inmediato el teniente Carrera ordenó toque de reunión y antes de que aparecieran en el lugar todos sus hombres, se empezaron a ver los albos uniformes peruanos tomando posiciones en los cerros cercanos al poblado. De la misma forma las montoneras de avanzada comenzaron a rodear las casas por lo que Carrera Pinto dividió a su personal en grupos para tratar de contener la avalancha peruana que comenzó a sitiarlos, obligándolos a protegerse en el convento.

Mandaba las fuerzas peruanas el coronel Juan Gastó, quien estuvo durante toda la tarde dirigiendo las acciones.

Poco antes de retirarse del lugar, alrededor de las siete, el coronel Gastó envió un emisario solicitando la rendición de la guarnición mediante la siguiente nota:

Señor Jefe de las fuerzas chilenas de ocupación.-

Considerando que nuestras fuerzas que rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de sostener por parte de ustedes, les intimo a deponer las armas en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor energía a cumplir con su deber. Dios guarde a usted.

Juan Gastó.

Carrera Pinto respondió en la misma nota de la siguiente forma:

En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, el general José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquél deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a usted.

Ignacio Carrera Pinto.

De la actuación de las fuerzas de la 4ª Compañía del Chacabuco, no hay referencias exactas. Sólo el parte oficial de la batalla del Teniente Coronel peruano Ambrosio Salazar y Márquez, y algunos comentarios recogidos entre los extranjeros residentes permiten hacerse una idea de lo que fue esta desigual batalla en que nuestros 77 valientes pusieron un caro precio a sus vidas ante fuerzas muy superiores y de las que la historia no termina en ponerse de acuerdo, ya que el parte oficial peruano las minimiza en extremo.

En la catedral de Santiago se encuentran los corazones de los cuatro oficiales que murieron en el Combate de la Concepción

En la catedral de Santiago se encuentran los corazones de los cuatro oficiales que murieron en el Combate de la Concepción

En su informe dice el comandante que a las 6:30 de la tarde ordenó rociar con kerosene el techo del convento, al que se prendió fuego con el fin de hacer salir a los chilenos, pero estos se parapetaron tras las ventanas y redoblaron el fuego de la fusilería. A las doce la noche los chilenos se trasladaron al local contiguo al que se hallaban, dejando en el lugar unos 15 hombres muertos por las balas peruanas.

Durante la noche las acciones continuaron. A las siete de la mañana los peruanos optaron por hacer forados en los muros donde se encontraban los chilenos, quienes todavía luchaban valientemente. Estos forados permitieron a las fuerzas peruanas acelerar el fin del combate.

Casi al finalizar su informe el oficial peruano dice lo siguiente:

El capitán Carrera Pinto, subteniente Cruz y 9 soldados sacados de trinchera, fueron fusilados en la plaza; los subtenientes Pérez Canto y Montt sucumbieron en el fragor de la lucha dentro de aquella.

A las 9 a.m. de hoy, la función de armas tocó á su término, cuando ya no hubo enemigos con quienes combatir.

En resumen: toda la guarnición chilena de Concepción, de capitán á tambor, constaba de 79 hombres ha sido totalmente exterminada, después de 17 horas de combate casi incesante; además, fueron muertas también dos mujeres de los soldados, de tanto coraje, que en lo más recio del combate, animaban á los suyos en alta voz que continuasen peleando. Ha sido encontrada muerta entre los montones de cadáveres una criatura recién nacida y otra fué salvada viva por don Dámaso Peña; una de las mujeres había dado á luz días antes del combate dos criaturas gemelas.

Los caballos de los vencidos fueron tomados por algunos individuos del pueblo, muy al principio del combate, quedan en poder de mis fuerzas todos los despojos de éste: rifles, vestuario y peroles.

En base a lo contado por dos testigos extranjeros al Coronel Estanislao Del Canto cuando llegó al pueblo, indican que el subteniente Cruz Martínez, mediante el grito «¡Los chilenos no se rinden..!», junto a cuatro soldados sobrevivientes cargaron a la bayoneta y fueron muertos al salir por las fuerzas de Salazar:

Diecisiete largas horas combatieron nuestros chacabucanos en esta cruenta batalla. Lo hicieron en la sierra peruana, sin poder recibir ningún tipo de ayuda, ya que las fuerzas con las que debían seguir al sur habían sido distraídas por las tropas del General Andrés Avelino Cáceres y sólo pudieron arribar a “Concepción” pasado el mediodía, cuando ya las tropas peruanas se habían retirado del lugar.

Este hecho de armas, como hemos dicho, enaltece la dignidad del soldado chileno. Muchas vidas se habrían salvado cuando se recibió la oferta de rendición por parte del Coronel Juan Gastó, sin embargo no sólo se rechazó recurso tan gentil, sino que los bravos oficiales, clases y soldados prefirieron continuar luchando hasta las últimas consecuencias.

El General Estanislao del Canto, Comandante de la División a la cual pertenecía el “Chacabuco”, llegó a La Concepción solo dos horas después de haber finalizado el combate. Relata: “El aspecto que presentaba el cuartel era lúgubre y conmovedor, porque sólo quedaban montones de cadáveres de ambos combatientes y el hacinamiento humeante aún de los escombros del cuartel que había sucumbido por el fuego”. A su vez, ordenó que, como el cuartel estaba colindante con la Iglesia, se hiciese dentro de ella una fosa conveniente para enterrar a los oficiales y a la tropa que cupiese, y en seguida que se prendiese fuego a la Iglesia para que los escombros de ella salvaguardasen la profanación de cadáveres. También le anunció al Comandante del “Chacabuco”, Marcial Pinto Agüero, que se había ordenado sacar los corazones de los cuatro oficiales y ponerlos en un frasco con alcohol para traer un recuerdo de esos héroes.

El valor de los jóvenes oficiales y sus soldados no fue en vano. En su memoria todos los años el Ejército celebra la ya tradicional ceremonia de Juramento a la Bandera.

 

Los 4 corazones y la pequeña bandera

Los corazones eran de los cuatro oficiales de la 4ª Compañía del Batallón “Chacabuco”: el Capitán Ignacio Carrera Pinto y los Subtenientes Julio Montt Salamanca, Arturo Pérez Canto y Luis Cruz Martínez, quienes habían encontrado gloriosa muerte junto a 73 suboficiales y soldados. Los corazones de los héroes llegaron a Santiago y se depositaron en una capilla especial de la Gratitud Nacional hasta 1901. Años más tarde fueron llevados al Museo Militar. Posteriormente, y por expresa petición de “Los Veteranos de la Guerra del 79”, el Presidente de la República Ramón Barros Luco y con la anuencia del Arzobispo de Santiago, Monseñor Juan Ignacio González Eyzaguirre, dispuso el traslado de los corazones a la catedral de Santiago, el 10 de julio de 1911. Esa es la cripta de mármol que está a la entrada.

La bandera que flameaba en el cuartel actualmente está en manos del Ejército de Chile y se encuentra en la Escuela Militar

La bandera que flameaba en el cuartel actualmente está en manos del Ejército de Chile y se encuentra en la Escuela Militar

La bandera que flameaba en el destacamento no alcanzó a ser arriada por los peruanos y el coronel Estanislao del Canto la rescató. “El Coronel la entregó a su amigo Manuel José Correa para que la hiciera llegar a la Municipalidad de Curicó, la primera ciudad que rindió homenajes públicos a los héroes. Sin embargo, fue el Capitán retirado Nicanor Molinares quien se quedó con su custodia, permaneciendo en el seno de sus descendientes hasta 1982, cuando, conversaron un día el General Claudio López Silva con Ruperto Vargas. Este último le contó que su familia guardaba la bandera chilena que había flameado durante el combate. En julio de 1982, la Escuela Militar se constituyó en depositaria del glorioso emblema.” (Ejército de Chile)

 

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