Patricio Amunátegui Mönckeberg

Presidente de la Corporación Cultural Identidad y Futuro. Licenciado canónico en Filosofía por la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia.

Muchos conservadores y no pocos revolucionarios quedaron con su espíritu fijado o retenido en las convulsionadas décadas de la Guerra Fría del siglo pasado, con aquel enfrentamiento claro, dramático y de múltiples modalidades entre el Occidente libre y el bloque Oriental comunista y sus aspiraciones mundialistas. Muestran, cada uno a su modo, una recurrente dificultad en comprender la huidiza, cambiante y compleja realidad actual [1].

En el complejo escenario “pos-moderno” esbozado al término de la Guerra Fría

A la caída de las estructuras moloch del antiguo imperio soviético, sucedió un notorio proceso de evaporación de las ideologías y una desconfianza, que se fue generalizando en la gente común, ante las grandes construcciones sociales de las utopías racionalistas. Hubo un salir confuso de las pesadillas totalitarias y un volverse a hacia lo real, hacia lo individual y concreto. Y entramos al siglo XXI en plena expansión de la globalización capitalista, de sus tecnologías de punta; pero también de su industria cultural de masas y de su influencia niveladora de las identidades étnico-culturales nacionales y regionales en un mundo hipercomunicado.

Paralelamente, la atmósfera social ha ido siendo marcada por un individualismo egoísta, subjetivo y gozador que no reconoce límites; por la difusión del relativismo y del materialismo práctico. Todo ello, en el contexto de lo que alguien llamó la Civilización de la Imagen. O sea, una donde los individuos y grupos sociales, sobrecargados de informaciones instantáneas, son cada vez más dependientes de los estímulos de impresiones y sensaciones sucesivas y desconexas, que del discurso, la lógica y la razón. La capacidad de mucha gente para formarse juicios personales definidos y determinaciones claras, menos aún nociones de conjunto sobre lo que acontece, se encuentra profundamente perturbada; cuando no, casi paralizada [2].

Al decir aflictivamente gráfico de un conocido filosofo y sociólogo contemporáneo, todo lo que hasta hace poco todavía era estable y sólido en nuestras sociedades hoy se va haciendo líquido[3]

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12 de julio de 2015. Paraguay. Misa del Papa Francisco en Ñu Guazú.

Por lo mismo, quienes no han acompañado o identificado bien esta acelerada y enorme transformación –con todo lo que ella tiene de crepuscular…–, no consiguen comprender el norte del ministerio de este Papa, llegado a Roma desde los confines de la Tierra en la hora de la gran crisis.

Evangelizar hoy sin temor, saliendo al encuentro de las gentes necesitadas de alma y de cuerpo

La Iglesia, bajo ciertos aspectos, va pareciendo desde hace tiempo una ciudadela sitiada por toda suerte de obstáculos y adversarios. Entre ellos se alinean el relativismo envolvente y disolvente, la confusión de la conciencia moral, la paganización de la vida, el laicismo secularista y hostil, los escándalos eclesiásticos y, mas recientemente, una cristianofobia que hoy ya parece sistemática.

A la luz del contexto descrito no es difícil comprender entonces la “gramática de la sencillez” que Francisco anunció como necesaria para la evangelización actual en su primera alocución a los cardenales al subir al trono pontificio. Tampoco lo será percibir y acompañar la osadía pastoral del Pontífice para salir a conquistar espacios y hacer oír la Palabra, tanto en los centros como en la periferias existenciales o materiales de ese mundo secularizado de hoy. Pero seguir esta ruta pastoral supone saber alimentar la esperanza; saber buscar y discernir, allí donde se viene manifestando, la sed de Dios o la acción del Espíritu Santo operante en lo profundo de los corazones, por oposición al materialismo imperante; ver a donde permanece o renace la fe y el amor a Cristo y Su Madre; sondar a donde se manifiestan los impulsos de alma rectos de los que resisten al caos y la confusión, pues allí está potencialmente indicado un camino.

Los críticos, provenientes muchas veces de un tipo de conservadurismo que se alejó del ser y lo real y se quedó con una forma abstracta pero vacía de vida y contenido, se van enredando en pequeños incidentes o accidentes de trayecto; sin comprender la Fe, la sutileza, el ánimo a la vez arrojado y prudente y la carismática capacidad de comunicación que revela Francisco en este romper o sortear el cerco invisible pero férreo que tiende a levantarse alrededor de la Iglesia.

Es situándolo bien en este ambiente y escenario mundial de contradicciones y de crisis — que no paraliza ni amilana al Papa Francisco — que creemos que se percibe mejor el sentido de su valiente ministerio de Pastor universal. Su prisa apostólica en llevar la Palabra de un modo a llegar al corazón de los fieles y hombres de buena voluntad de todo el mundo; saliendo a su encuentro allí donde están, como en su paso por la tierra lo hizo Jesús con su presencia, sus gestos, sus parábolas en los recorridos de su vida pública; atrayendo las confianzas para avivar en ellos de modo eficaz la conciencia de la Misericordia de Dios y el amor a lo que es recto y justo.

Sus pasos flexibles y aterrizados que, a veces sobrepasando formalidades –o trabas que asumen un sabor farisaico–, se dirigen con urgencia a lo esencial; su pastoral de los gestos, sus catequesis directas que nacen de lo profundo de su espíritu y por eso resuenan en el de los oyentes que se agolpan a su alrededor, porque sienten atendida la realidad viva que los rodea. Su cercanía con los necesitados, vulnerables y carentes de todo orden, para hacer brillar la Misericordia divina en un mundo donde se ha enfriado la Fe, la Esperanza y la Caridad. Todo ello, cuando se le juzga fuera del contexto actual, parece a algunos equivocadamente una sospechosa tendencia de ruptura con la Tradición[4].

Hablando directamente al Corazón Popular de América del Sur

El tema daría para largo. Lo dicho nos parece suficiente en los límites de que disponemos, para situar en el complejo contexto actual la visita pontificia al corazón popular de América del Sur y medirle sus alcances. Ella se da en un momento en que, una ideología populista ambigua que el difunto Chávez proclamó como el socialismo del siglo XXI, parece acercarse por etapas “legales” bien calculadas a la implantación actualizada de las dictaduras de tipo marxista en países de la región y a la conformación de un bloque regional, todavía problemática, pero que busca discreto apoyo internacional en Irán, China y en la enigmática Rusia de Putin[5].

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Martes 7 de julio de 2015. Quito. Misa multitudinaria del Papa Francisco en el parque Bicentenario.

El Papa Francisco ya estuvo en Brasil, el país con el mayor número de católicos en el mundo y ahora visitó tres países de los más pobres de América del Sur; pero donde el catolicismo popular conserva –a través de centurias– una fidelidad a la Fe y un espíritu de solidaridad cristiana notables, dentro de una inapreciable diversidad orgánica de identidades étnico-culturales.

Con tacto y sutileza, el Papa recordó en su visita el peligro de ideologías que diciendo representar a los pueblos se substituyen a éstos y terminan desembocando en dictadura. Sorteando sin estridencias ciertas maniobras de aprovechamiento político de algunos de sus anfitriones pero sin herir susceptibilidades, Francisco habló con cariñosa cercanía, con alegría y confianza, directamente al fondo del corazón religioso de las inmensas multitudes que acudieron a acogerlo con desbordante entusiasmo.

En cada país, destacó de modo accesible la respectiva originalidad y la valiosa diversidad étnico-cultural, valorizó las riquezas de alma tantas veces ignoradas o menospreciadas de los tres pueblos visitados, en contraposición a las tentaciones uniformadoras y dictatoriales y, junto con manifestar la evangélica cercanía a los más vulnerables y carentes, llamó a alcanzar con urgencia la humanización de la economía y la victoria sobre las inequidades sociales.

La visita pastoral del Papa a estos tres pueblos que forman parte del Continente de la Esperanza, en una hora por tantos aspectos crítica, tuvo el efecto esencial de confirmarlos en la fe y en al amor a Cristo, en su pertenencia a la Iglesia y en su entrañable devoción a la Virgen María presente – dijo Francisco en Paraguay – en el tejido mismo de la Historia de nuestros pueblos.

Al mismo tiempo, dejó patente a los ojos de los dirigentes de las naciones visitadas, y del mundo entero, el colorido, la vigencia y la alegre vitalidad de esta arraigada fidelidad religiosa de los pueblos latinoamericanos; cuya continuidad histórica admirable ha resistido muchas vicisitudes y atravesado cinco siglos.

Y esto, en los tiempos secularizados que corren, es de un incalculable significado y valor profético para quienes tienen Fe y saben que, en el curso de la Historia humana, la última palabra la tiene Dios, el Señor, y su gracia divina.

Notas:

[1] Habiendo desaparecido el polo mundial visible del antiguo adversario materialista ateo –la Unión Soviética y su imperio — muchos anticomunistas o conservadores no aciertan a definir ahora su posición ante lo que sucede y menos aún a moverse eficazmente en el nuevo escenario. A su vez, muchos revolucionarios nostálgicos de ese época aguardan y trabajan por abrir caminos para una revancha ideológica como lo estamos comenzando a sentir en Chile.

[2] Quienes convivimos estrechamente con aquel gran maestro de pensamiento y acción que fue el líder católico brasileño Plinio Corrêa de Oliveira, sabemos que él hablaba, ya en inicio de los 90, de una transformación paulatina de la opinión pública en temperamento público y de un brujulear del Lumen Rationis, de una suerte de embotamiento de la luz de la razón y del sentido moral

[3] BAUMANN, Zygmunt. Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre; Barcelona: Tusquets, 2007. 176p. Lo citamos aquí por la agudez de su formulacion sin que esto signifique compartir el prisma de fondo desde el cual analiza el fenómeno.

[4] Desbordados por una realidad que transcurre bajo el signo de la confusión, muchos católicos conservadores contribuyen de algún modo, con su propio desconcierto o atrincheramiento en sus torres de marfil, al caos manso – y no pocas veces ya violento- de ideas, de convicciones, de las mentalidades y hábitos de conducta en el crepúsculo de una Civilización ex Cristiana crecientemente paganizada. Incapaces de captar a las complejas y peculiares realidades de hoy, tratan de encuadrar al Papa Francisco todavía en algún lugar preciso dentro los esquemas ideológico-políticos del pasado reciente y no lo consiguen.

[5] ¿Murió realmente el comunismo con el fin del imperio soviético? La respuesta envuelve una cuestión compleja. Lo que quedó sepultado bajo las ruinas del Moloch colectivista fue el dinamismo del proceso histórico radicalmente libertario e igualitario que, en cuanto proceso de etapa en etapa, conduciría en la supuesta evolución inexorable de las naciones capitalistas desde el ascenso del socialismo a la dictadura del proletariado y de ésta a la desaparición del propio Estado y al paraíso anárquico final. Pero no murieron los gérmenes de revuelta que tal proceso dejó incubados en el mundo, ni se desmanteló toda su estructura de poder e influencia, de modo que excluya la posibilidad de reunir y accionar, discretamente, las fuerzas disgregadoras y anti-sistema que restan al alcance de sus promotores; incluidos el terrorismo y los lumpen-proletariados que hoy ya vemos mimetizados con sospechosa frecuencia en marchas y agitaciones urbanas en las grandes ciudades (Todo ello eventualmente en alianza con otras fuerzas emergentes como el Islam radicalizado) para aprovechar las coyunturas mundiales favorables que se vengan a presentar, como lo seria una eventual crisis económica y quiebra de Europa.

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