Joaquín Matus Toro

Ilustrador y músico. Estudios de Historia y Geografía – Universidad Católica de Valparaíso.

Hace doscientos años, un puñado de hombres se atrevieron a soñar lo irrealizado. Aspiraron a transformar en nación a un pequeño pueblo; con sus orígenes y cultura mestizos amalgamados por la Fe católica, su batallada historia, su largo y estrecho territorio en los confines más australes del mundo, aislado por áridos desiertos, gigantescas montañas y la inmensidad del océano. Problemática empresa con algo de inverosímil; en cuyo inicio, siglos antes, entregara su vida el conquistador Valdivia. Supieron esos hombres sentir, en el preciso momento histórico que se abría una ventana de nueva autonomía y libertad, aquella voz interior llamada vocación, nacida de una identidad forjada lenta y cotidianamente en ese aislado finis terrae. O sea, una cierta visión compartida de la vida familiar y social, del mundo y de la Fe, en función de la cual se definían; a la cual estaban vinculados por afectos, ritos y costumbres con notas de gran familia extendida, enraizada básicamente en la esforzada vida agraria y en los paisajes característicos de un hábitat geográfico hecho ya su entrañable terruño.

Los fundadores intuyeron hacia donde ese pueblo se movería, dieron forma al anhelo inexpresado y fundaron la Patria independiente con nombre propio: Chile. Nuestra Gabriela Mistral lo resumiría un día en una frase apelativa que traduce admirablemente esa realidad construida con espiritu guerrero contra vientos y mareas: Chile o la “voluntad de ser”.

La Escuela Militar de Chile

La nueva nación debió organizarse rápidamente en un Estado que consolidase su unidad social y política; preparase la afirmación de su soberanía, fuese capaz de defender la integridad de su territorio, formase su propio ejército. Es de esos años épicos que data la institución nacional que hoy celebra con legítimo orgullo su glorioso 195º aniversario: la Escuela Militar de Chile.

Ver esa vocación con tanta nitidez y sentir intensamente esa identidad, más vivida que explicitada, fue algo que impulsó ciertamente a los héroes a la fundación de la Patria;  y fueron esos mismos héroes quienes forjaron la tradición del Ejército chileno. La formación que reciben los cadetes, actualizada con excelencia a los requerimientos del mundo de hoy, lleva impresos también, desde entonces, los mismos rasgos.

El uniforme que reluce en las brillantes paradas militares no es, pues, una mera exterioridad. Su sola presencia nos dice de que hay valores que importan más que la vida y por los cuales se debe, llegado el caso, morir. Nos habla de la existencia de una moral, pues la vida militar reposa sobre la idea del honor, de la fuerza puesta al servicio del bien dentro de los marcos del derecho. Es el símbolo sicológico, cultural y moral de la continuidad en el mismo sacrificio y abnegación en el cumplimiento del deber, la misma disciplina y lealtad, el mismo heroísmo y gloria conquistados por los fundadores y forjadores del país y las generaciones que han sabido mantener y defender la soberanía de Chile.

Los cadetes, aprenden a compartir, en hermandad y camaradería, la visión de aquellos hombres que lucharon las primeras batallas en nombre de la Patria. Ellos aprenden a amar ese mismo ideal que les llenó el corazón y, por el mismo motivo, a percibir especialmente la vocación de esta tierra y a expresarla, según las exigencias contemporáneas; con aquella forma de perfección que se manifiesta en las cualidades humanas cuando son puestas en tensión por la preparación para la lucha.

Los cadetes sienten en lo íntimo de sí mismos que la Patria los ha llamado. Saben que la bandera simboliza una realidad concreta y viva, de la cual forman parte y a la cual contribuyen con sus características individuales. Saben que esa realidad implica también un Ideal al cual ellos aspiran y que su generación llevará en alto, en un desfile que cruza el tiempo desde los albores de la Nación.

Por ello el 16 de marzo, día del aniversario de la Escuela Militar, se realiza una de las ceremonias imborrables en la memoria de los
cadetes y sus familias: la Entrega de Espadines. Es la Escuela que premia a sus cadetes, es el Ejército que se mira en ellos y reconoce su propia continuidad hacia el futuro. Nace una nueva generación de futuros oficiales.

Los más veteranos en el mando, los comandantes de sección, los oficiales de mayor rango, no pueden evitar mirar dentro de sí mismos para sentir que su propia vocación militar vibra en sintonía con esos jóvenes. Esa noche, en el Patio de Honor de la Escuela parece existir una sola alma.

Los orígenes de la Escuela Militar

Finalizado el cruce de los Andes con la victoria de Chacabuco, Bernardo O’Higgins Riquelme inició de inmediato la organización del ejército chileno. El Director Supremo concibió la idea de una Academia Militar que permitiera, de acuerdo con sus propias palabras, “tener un depósito de donde pueda sacarse oficiales ya formados e instruidos para llenar las vacantes de los regimientos, cubrir los cuerpos de milicia cívica y aun tomar cuadros enteros para levantar pronto un nuevo ejército”.

Así fue como el 16 de marzo de 1817 se firmó el decreto supremo que dio vida a este instituto, nombrando Director al sargento mayor de ingenieros Antonio Arcos y Subdirector al teniente de caballería Jorge Beauchef. Estos oficiales, fogueados en las guerras napoleónicas, organizarán la enseñanza teórico-práctica en la academia de acuerdo a la doctrina francesa.

En este período se produjo el primer hecho de armas en que participó la recién creada Academia Militar, siendo la batalla de Maipú el 5 de abril de 1818 su bautismo de guerra.

La República

Junto con la organización de la República, la Academia Militar se consolidó como único plantel formador de los oficiales del ejército, demostrando su valer en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839), donde los oficiales formados hicieron gala de las lecciones aprendidas durante su período en la academia, mostrando solidez, técnica y valor en enfrentamientos como Portada de Guías, Buin o Yungay.

Durante este período se reorganizó la academia, y en 1843, una vez realizada la reapertura del establecimiento, se cambió su designación de Academia Militar por “Escuela Militar”, denominación que conserva hasta el día de hoy. El instituto recibió a 40 cadetes, como estipulaba la ley y, además, una sección de cabos que debían venir de los cuerpos del ejército.

Este período se distinguió además por la contratación de nuevos oficiales europeos de doctrina francesa, lo que afianzará este componente distintivo del ejército de la época. Será con esta doctrina que Chile se enfrentará a uno de los conflictos más importantes de nuestra historia: la Guerra del Pacífico.

Con el inicio de la Guerra de Pacífico (1879) la Escuela Militar nuevamente se transformó en base importante para la formación de las unidades que deberán marchar hacia el norte. Gracias a la nueva reglamentación y al esfuerzo educativo implementado en aula y terreno, Chile contó con destacados oficiales en el campo de batalla como los comandantes Ricardo Santa Cruz, Tomás Yávar o el teniente coronel Baldomero Dublé Almeyda, quienes representan sólo un ejemplo de la capacidad profesional y espíritu del personal salido de la Escuela.

A pesar de la victoria chilena en la Guerra del Pacífico, el ejército vio la necesidad de implementar un proceso de modernización que debía partir en una reestructuración de la Escuela Militar, por lo que se revisó su malla curricular y su instrucción bajo la atenta supervisión del recientemente contratado oficial alemán Emilio Körner Henze.

La influencia prusiana tomó como elemento central la profesionalización y modernización de la Escuela mediante un programa que permitiera a los oficiales luego de egresados, servir como instructores y formadores destacados en cada uno de los regimientos. De esta manera, a través de la formación de los oficiales en el plantel se inició la prusianización del resto del ejército.

A mediados del siglo XX se inició en la formación de los oficiales una nueva etapa donde las lecciones aprendidas de la Segunda Guerra Mundial definieron nuevas realidades tácticas, estratégicas y logísticas a considerar en el campo de batalla, como lo fue la aparición de los vehículos motorizados, el desarrollo de las telecomunicaciones y la necesidad del apoyo en parejas. Para esto los primeros en incorporar la nueva doctrina serán los oficiales que realizarán cursos de perfeccionamiento profesional en el extranjero, para luego replicar lo aprendido en las diversas unidades del país.

www.escuelamilitar.cl

 

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