Molino Lafkenche, Agroturismo Mapuche

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En el Km. 13, junto al camino de Carahue a Puerto Domínguez, se encuentra un viejo molino de principios del siglo pasado, que gracias a la tenacidad del joven Profesor de Historia Gabriel Muñoz Huaracán, se está convirtiendo en la parada obligada de quienes recorren las rutas del turismo rural.

La familia del joven Gabriel es descendiente de los antiguos Lafkenches -mapuches de la costa-, avecindados en todo el sector del Lago Budi, –el mismo al que tan generosamente cantara el poeta Augusto Winter por los hermosos cisnes que lo pueblan–, al que un estero inmediato conducía a quienes venían a moler a este antiguo molino conocido también como “El Temo”.

La historia del molino se remonta a los años 20 del siglo pasado, cuando este mismo molino se encontraba ubicado en las cercanías del estero Yeguey y pertenecía a Segundo Muñoz Rojas. Algo de historia oscura hace que el molino pase por diferentes manos, pero siempre quedan las piedras, un par de piedras de cuarzo francés, que son las que le dan vida y permiten efectuar la molienda. Puede haber una infinidad de cosas anexas, pero sin las piedras no hay molino y eso es lo que pasa oficialmente de mano en mano. En la notaría de Puerto Saavedra no queda estampada la venta de un molino, sino de un par de piedras, alma, corazón y vida de una casa de tejuelas, en cuyo interior las piedras se mueven primero al ritmo de una caldera, luego de un locomóvil y más tarde impulsadas por la polea de un antiguo tractor, que según su color, que aún se esconde entre sus sinuosidades, parece que fue del verde de un John Deere modelo R de 1949.

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Recién el año 1953 el molino pasa a manos de Jorge Muñoz Necul, vecino del lugar, quien continúa entregando el servicio de maquila, el mismo que prestaba el molino antes de su adquisición. Era Jorge un tipo inteligente, ameno, conversador y buen comerciante. A la espera de la molienda entretenía a sus clientes leyéndoles la por entonces famosa revista “Vea”, decana de la crónica roja y de una muy buena fotografía, único medio de ilustrar a los lectores en esa época. Además efectuaba gratis el servicio de confección y respuesta de cartas, para cuyo efecto facilitaba el número de su casilla de Correos en Carahue, por lo que también permanentemente entregaba y recibía correspondencia en su oficina.

El año 1968, fallece Jorge Muñoz, en el intertanto el molino tuvo que ser cambiado a su actual lugar, debido a que el maremoto del año 60 –por aquellos años no se conocía la palabra tsunami– inundó el lugar donde estaba ubicado. Dos años más tarde su viuda Margarita Riquelme Peña asume la administración, ocupando en las labores a maestros molineros del sector.

Entre 1974 y 1995 asume como administrador Jorge Muñoz Riquelme, quien, a pesar de sus esfuerzos por mantener la pequeña industria familiar, debe cerrar las puertas del molino ante la competencia ejercida por los molinos de Carahue y a problemas derivados por la deficiente calidad de los trigos que se cosechaban en el sector.

Fue así como el viejo molino cerró sus puertas a las múltiples embarcaciones que subían en bote por el estero a buscar los distintos productos que entregaba el molino, como harina, afrecho y chancado.

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Sólo se mantuvo la vieja chichera para moler manzanas, tanto de la casa como de los alrededores. Cuando un botero traía mucha manzana, una larga manguera se extendía desde el molino al bote para llenar los barriles del dispendioso jugo que era guardado para fiestas y conmemoraciones en las que participaban los lugareños.

En 2010, cuando Gabriel terminaba sus estudios de Historia en la UFRO, decidió postular a un proyecto de agroturismo mapuche, en el que consideró la refacción del viejo molino para integrarlo como museo turístico, en cuya proyección, tanto el molino como el tractor que le daba vida, son un polo de atracción determinante para detenerse en el lugar.

John Deere modelo R de 1949

Algunos cuadros y fotografías de lo que era el viejo molino, ilustran a los viajeros sobre un modo de vida diferente, entre lacustre y terrestre, que habla de embarcaciones y carretas, de trigo y harina, de la chicha chispeante, con harina tostada; vida a la que Gabriel invita a recordar, ya que él nació y se crió a la vera del molino familiar, conociendo de los esfuerzos de sus mayores por hacer girar las piedras a como diera lugar, pues a través de ellas surgía ese oro blanco, base del pan que preparaban una gran cantidad de familias en las orillas de hermoso Lago Budi.

Hoy, cuando sólo queda recordar, el viejo molino abre un paréntesis en el agroturismo, para recordar que también las piedras tuvieron un uso productivo en el proceso en que el trigo de nuestros campos llegaba a convertirse en pan.


Ver molino en un mapa ampliado

 

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