Dos escritores valdivianos: Iván Espinoza Riesco y Pablo Gonz

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Encontrarse con un amigo en cualquier parte del país, no llamaría mucho la atención, pero que ello suceda en una ciudad como Valdivia, intrincada, llena de vericuetos, con calles que se pierden en lontananza y que nadie sabe donde van a dar, eso sí que es una sorpresa.

Tal fue lo que me aconteció cuando visitaba el torreón cercano al muelle, donde me habían dicho que vendían libros viejos, con los que podría deleitar la vista y adquirir algunos ejemplares que pudieran interesarme.

Iván Espinoza

Mientras el cielo amenazaba con una lluvia primaveral, en instantes en que me acercaba a los primeros puestos, sucede lo inesperado. Alguien que pasa a mi lado pronuncia mi nombre. ¡No puede ser! Esa voz la reconozco de inmediato. Si es nada menos que mi antiguo compañero de trabajo Iván Espinoza Riesco, a quien no veía desde hace muchos años, cuando ambos compartíamos labores en la capital en unas estrechas oficinas en el 13 piso de un edificio ubicado allá por el 11 de la Alameda, frente a La Moneda.

Por aquellos años Iván destacaba por su personalidad extrovertida, con la talla a flor de labios, inteligente, compenetrado de su trabajo y siempre dispuesto a colaborar en todo tipo de actividades. Sus caricaturas humorísticas causaban sensación y todos alguna vez fuimos víctimas de la agudeza de su pluma.

Le llamábamos “Percy”, por el gran caricaturista autor de “Pepe Antártico” y ¡vaya que le hacía el peso! Sus mejores monos eran publicados en el informativo mensual que editábamos para solaz de nuestros compañeros; aunque varios no pasaron la censura y aún duermen en un maletín tipo “James Bond” que me regaló cuando se vino trasladado al sur y que todavía conservó con todo el material que dio vida a ese informativo, del que envié una copia a la Biblioteca Nacional, para entretención de los lectores de ese monumento a la cultura de nuestro país.

Claro que nunca imaginé que mi amigo virtualmente había colgado los pinceles y se había convertido en todo un escritor, incursionando con bastantes méritos en la narrativa, tema que le ha dado bastantes satisfacciones y en el que se desenvuelve con gran acierto.

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He tenido oportunidad de leer “Pretérito no tan Perfecto –recuerdos conjugados- ”, donde en cuentos amenos, claros, concisos, deslenguados y sencillos va conformando  un mundo de recuerdos de infancia, relatados en primera persona, en los que el autor tanto es héroe como villano, ganador como perdedor y en los que desmenuza la vida estudiantil, sacando partido de actitudes, destrezas, aprensiones y debilidades.

En “El Cuadrado de la Hipotenusa”, Iván hace un recorrido geográfico por los lugares en que ha vivido y en los cuales le acontecieron o tuvo conocimiento de hechos dolorosos, divertidos, sensibles, grotescos y libidinosos, situaciones que sabe explotar muy bien apoyado en una depurada descripción escénica, en que los personajes van pasando por la obra precedidos de un entorno lingüístico que cautiva al lector y lo invita a participar de la obra, no como un mero espectador, sino que logra integrarlo plenamente a sus relatos.

Su agudeza para captar los detalles de la vida cotidiana le han permitido publicar tres libros, todos autoediciones, que poco a poco le han abierto un espacio en la literatura nacional:

  • Año 2005 – “Hijo ‘e paco y otras verdes desesperanzas”
  • Año 2006 – “Pretérito no tan perfecto- recuerdos conjugados”
  • Año 2007 – “El cuadrado de la hipotenusa”

Sus trabajos han sido recogidos en diversas publicaciones, habiendo obtenido el año 2006 el premio Marta Brunet de literatura infantil-juvenil, categoría inéditos por su selección de cuentos “El paraíso y otras primicias tardías”.

Metódico, observador, en una búsqueda permanente de las minucias de la vida, actualmente trabaja en una nueva obra, que esperamos ver pronto convertido en un nuevo libro de su ya prolífica producción.

Pablo Gonz

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Pablo Gonz

Ese mismo día mi amigo Espinoza me presentó a un escritor español, avecindado en Valdivia desde hace cinco años, quien todavía conserva el acento de su patria. De estatura más bien baja, sencillo, de palabra llana, muy fraternal, con quien conversé algunos minutos. Dijo llamarse Pablo Gonz. En ese momento no asimilé si era su seudónimo o era simplemente el diminutivo de González.

Es que Gonz, no puede tener un apellido más largo. Al igual que Espinoza, cultiva el expresivo y dinámico género del cuento; sin embargo el trabajo de Gonz es diferente, moderno, atractivo y sumamente breve. He tenido el trabajo de contar las palabras de algunos de sus cuentos y en la mayoría no llegué al ciento. Esta nueva expresión minimalista del relato, naturalmente rompe esquemas. Hicimos un intercambio de libros y me regaló “La saliva del Tigre” –Minificciones-, de la valdiviana 20:13 Editores. Digno de estudio, de análisis. ¿Qué dirán los viejos profesores de Castellano, acostumbrados a enseñar los antiguos esquemas de presentación, desarrollo y culminación de la obra?

El mundo de Internet ha obligado a reducir el contenido de las obras literarias, es más, ello está reduciendo ampliamente el mercado del libro. Es entendible que el uso frecuente de los medios a ella vinculados no dejan el tiempo necesario para disfrutar de una extensa obra literaria. Es aquí donde este movimiento minimalista encuadra perfectamente.

Creo que la obra de Gonz se merece más de los 500 libros de la modesta primera edición. Su obra consta de cinco novelas, todas premiadas en su patria, pero a pesar de eso ha decidido anclar en una Valdivia llena de reminiscencias españolas y alemanas. No en vano ofrece sus libros a la venta al pie del viejo torreón español de la calle Yungay, tal vez para no olvidar sus raíces y para poder seguir creando bajo las gotas impertinentes de nuestra hermosa ciudad fluvial.