Manuel Neculmán, Primer Profesor Mapuche de la Araucanía

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Durante el proceso de ocupación de la Araucanía, ocurrieron hechos anexos a las ordenanzas militares, a las leyes civiles, que en el afán de dar una mejor calidad de vida a sus habitantes desde el punto de vista de quienes ocupaban militarmente la región, ayudaron a cimentar en forma personal lo que más tarde sería considerado como un aporte a la integración del pueblo mapuche a la cultura chilena sin perder su propia identidad histórica. Desde tiempos de la Colonia, el Estado se había preocupado de que los hijos de algunos caciques, especialmente, fueran llevados a estudiar a colegios de curas de Chillán, donde se les enseñaba nociones fundamentales para poder comunicarse mediante la lectura y escritura, algo de matemáticas y las infaltables lecciones de religión, instrucción en que el Estado hacía gran hincapié.

neculman primer profesor mapuche
Sociedad Caupolicán Defensora de la Araucanía, fundada en Temuco el 3 de julio de 1910. Manuel Neculman fue su su primer presidente.

Sin embargo, aquella vieja práctica había desaparecido, pero no era motivo para que en forma particular se practicase y varios oficiales, a título personal llevaron niños mapuches a Chillán o Santiago, con el consentimiento de sus padres, a estudiar las primeras letras.

Desarrollaba las funciones de jefe militar de Toltén el comandante Orozimbo Barbosa Puga, quien había hecho la campaña de Arauco desde 1861, habiendo ganado los galones de capitán a comandante en las duras travesías por el llamado territorio de colonización. Fue allí donde en muchas oportunidades combatió a los mapuches y en otras haciendo uso de su sagacidad y tino compartió con ellos y logró tejer vínculos de amistad que perdurarían en el tiempo y que le permitieron dominar el mapudungun a la perfección.

En marzo de 1879, Barbosa fue llamado a San Bernardo. Fue en esta oportunidad que, al ir a despedirlo algunos caciques, les pidió apadrinar a un hijo de cada uno, llevándolos a estudiar a Santiago.

Entre estos cinco jovencitos iba un pequeño mocetón que sería bautizado en la capital con el nombre de Manuel Antonio y por apellido el de su padre el cacique Neculmán, de Metrenco. Manuel concluyó sus estudios en la Escuela Normal de Preceptores de Santiago, que en esa época exigía tener entre 16 y 21 años, acreditar buena conducta, buena constitución física, saber leer, escribir y el catecismo de religión, además de poseer nociones generales de aritmética, gramática castellana y geografía. La comida y el vestuario lo entregaba la Escuela mientras durara su aprendizaje, que en ese tiempo era de cuatro años.

Barboza Puga, orozimbo
General Orozimbo Barbosa

Terminado su aprendizaje, Manuel convertido en el primer profesor o preceptor de origen mapuche, es destinado a la Escuela de Angol.

Con más de cuarenta años de docencia en Araucanía y cuando ya llevaba unos veinte años retirado de las aulas, se le hizo la entrevista que viene a continuación y donde expone algunas de sus vivencias y su aporte cultural a sus hermanos de raza.

En el invierno de 1854 la ruca del cacique de Metrenco, Huenchumilla Calbumán Neculman, aumentó su población con un nuevo vástago. María Faitola, la madre, se sintió feliz con la llegada del mapuchito que le enviaba el Dios de los mapuches.

El niño fue sometido a los exorcismos tradicionales por la arrugada machi de la tribu, que oficiaba de médico y sacerdotisa.

Algunos años después jugaba con otros niños de su edad en los partidos de chueca y en los simulacros de lucha.

Era aún pequeño cuando conoció a su tío Juan de Dios Neculmán, el fiero cacique boroano que fuera uno de los rebeldes del alzamiento de la Frontera en 1881.

Corría el año 1865 cuando el general don Cornelio Saavedra fue enviado para hacer algunas fundaciones en las costas de Cautín, la tierra no dominada aún por el gobierno de la República.

El General Saavedra fundó Toltén, plaza fortificada que debió soportar largos asedios sin que su guarnición se doblegara. Entre los oficiales que estuvieron en Toltén se encontraba el joven capitán Orozimbo Barbosa, el que, por los azares de la pacificación tuvo que internarse muchas veces en el territorio araucano.

En una de sus incursiones se conocieron el cacique Huenchumilla Calbumán Neculmán y el capitán Barbosa, llegando a hacerse buenos amigos.

El capitán Barbosa recibió órdenes de trasladarse a Santiago. Antes de su partida al norte el cacique de Metrenco y otros caciques amigos lo fueron a visitar llevándole los presentes de rigor en tales circunstancias. Esta debía ser la última entrevista entre el militar chileno y sus buenos amigos los caciques. En esta entrevista se produjo el inesperado ofrecimiento del capitán: tomaría de ahijados a un hijo de cada uno de los caciques y se los llevaría a Santiago para educarlos.

El ofrecimiento fue aceptado y unos cuantos días más tarde cinco mapuchitos llegaban al fuerte Toltén, conducidos por sus padres. Al amanecer siguiente un navío zarpaba al norte y en él padrinos y ahijados embarcaban esperanzas e ilusiones rumbo a Santiago. Ese sitio misterioso y lejano en que vivía el “señor gobierno”.

La primera diligencia del padrino luego de su llegada a la capital, fue hacerles óleos y crisma que miraban con asombro y con temor.

Al hijo del cacique de Metrenco el sacerdote le dijo varias veces, te llamarás Manuel Antonio…

 Ya todos tienen nombres del santoral cristiano.

 En los estudios realizan rápidos progresos. Más tarde fueron internados en la Escuela de Agricultura de Quinta Normal que por aquellos años era patrocinada y sostenida por una sociedad particular. A los dos años la Escuela fue suprimida por disolución de la sociedad. El alumnado se desbandó. Los ahijados del capitán Barbosa fueron ubicados en la Escuela Normal de Preceptores que treinta y cinco años antes había fundado el argentino Sarmiento.

Todo había seguido igual pero la guerra del 79 trastornó las cosas. Los hijos de Arauco no domado fueron a ofrecer sus vidas a la Patria que aún no reconocían sus mayores.

Manuel Antonio Neculmán fue acompañado por el Comandante José Manuel Barbosa a la presencia del Ministro Zenteno. Veamos como él cuenta esta entrevista.

-Señor ministro, deseo que se me incorpore a uno de los regimientos que deben salir al Perú. Ya tres de mis compañeros de estudios y hermanos de raza han sido enrolados- dice Neculmán, después de las presentaciones de rigor.

-Le agradezco su ofrecimiento en nombre de la Patria- contesta el Ministro-, pero usted debe volver al sur para ayudar a la incorporación de su raza a la civilización; es una tarea que les corresponde hacer a los mapuches civilizados ya, en cuyo caso se encuentra usted.

Con este breve diálogo dio por terminada la entrevista.

Dos años después, con su título de “Preceptor” era destinado a prestar servicios como profesor de la Escuela N° 1 del territorio de Colonización, ubicada en Angol.

Las noticias de la Guerra del Pacífico llegan tardías y difusas a la Frontera. Las guarniciones de la Araucanía habían sido llevadas en su mayor parte al norte. Los indios vigilaban y observaban los acontecimientos y en las mentes de los más destacados caciques fue germinando la idea de un nuevo alzamiento, alzamiento que se produjo luego de fundado el Fuerte Recabarren, en el corazón mismo del territorio de Arauco.

No estaban en el sur los generales Cornelio Saavedra y Basilio Urrutia, hombres que habrían apaciguado los ánimos de los indígenas ya en franca rebelión.

Ante tal circunstancia, el Supremo Gobierno dispuso la inmediata vuelta a la Frontera de don Gregorio Urrutia, que había actuado como brazo derecho  del General Basilio Urrutia, en su grado de Mayor del Ejército y Ayudante.

Don Gregorio Urrutia había sido ascendido a coronel y desempeñaba sus funciones en la Intendencia de los Ejércitos en campaña en el Perú.

Inmediatamente se viene al sur y el 16 de marzo de 1881, tomaba posesión de su cargo como Comandante General de la Frontera. En Angol solicitó la cooperación del preceptor Manuel Antonio Neculmán, lo incorporó a su Estado mayor iniciando de inmediato la campaña para el apaciguamiento de los indígenas alzados en la revuelta.

Llegado al centro de la zona rebelde, Manuel Antonio Neculmán, desempeñó  junto a otras personas, las funciones de lenguaraz*, consejero y guía, prestando útiles servicios en los parlamentos y conversaciones de apaciguamiento. En tales casos ponía en juego sus dotes de orador para convencer a los de su raza de la inutilidad de su rebeldía.

Neculmán era un convencido de las bondades de la civilización y de la necesidad de incorporar al pueblo araucano al conglomerado social que empezaba a formarse en el sur. Por esta idea siguió luchando muchos años después, distinguiéndose en numerosas jornadas en defensa de la raza araucana amagada en sus intereses.

Nos conversa largo de los pormenores de la fundación de Temuco, con palabra fácil y elocuente y de las peripecias de la Campaña de la Pacificación.

-Muchas veces –habla don Manuel Antonio- nos adelantábamos solos con el coronel hacia los grupos de araucanos rebeldes a quienes la presencia del apuesto militar inspiraba respeto. Éste más bien bajo, pero altivo y bizarro. Una personalidad de extraordinaria reciedumbre.

Por las vías diplomáticas se termina el apaciguamiento en Temuco, no sin que se derramara sangre de blancos e indígenas en más de una escaramuza. El período crítico estaba superado.

Hubo que pasar el Cautín y avanzar. Neculmán debió entenderse con su propio padre. En los altos de Maquehue, padre e hijo representaron a dos mundos diferentes.

Con su padre Neculmán también hubo de ser apóstol y predicador.

-En el Manzanar –agrega- había muchas lanzas reunidas, pero era preciso seguir adelante y terminar la tarea en Villarrica.

Antes que las tropas, intérprete y jefe militar parlamentaron con los caciques, entendiéndose con ellos.

-Valiente era mi Coronel, pero aquella vez le vi temblar la barba- dice, y al decirlo esboza una sonrisa- mi padre era rebelde. Ustedes comprenderán la situación, yo hacía de intérprete y era indio y era su hijo.

-La marcha hacia el sur era difícil, el boscaje y el quilantal eran tan espesos que no se podía avanzar.

-Ante esta eventualidad, el Coronel Urrutia me expresó -hay necesidad de hacer un camino público-. Dio las órdenes necesarias y los hombres que formaban la columna se transformaron en hacheros. Luego que avanzamos a un claro del bosque establecieron el Fuerte Lliuco, más adelante el Fuerte Freire, hoy Freire Viejo, pero para llegar a este punto que dista unos veinticinco o veintiséis kilómetros, fueron necesarios tres días.

-La marcha hacía Villarrica fue asunto más fácil, se aprovechaban para el paso de la columna los claros del bosque. Por la ribera norte del Toltén se extendían hermosas praderas y campos despejados.

-Entre Metrenco y Lliuco, el coronel, en una ocasión llevaba su caballo barroso de tiro, cuando de repente se comenzó a hundir en un “menuco”.

-“Neculmán, Neculmán hombre, me estoy hundiendo”- me dice.

-Tomado de unas quilas di mi mano al Coronel que salió embarrado hasta la cintura-.

En Villarrica Neculmán desempeñó sus funciones, junto a otros, en las conversaciones que debieron sostenerse con Panchulef, Epulef y Agurto, dueños de la comarca. Allí Neculmán presenció e intervino en la entrevista del altivo Epulef, con los representantes del gobierno de Chile, la última vez que las dos potencias parlamentaban de igual a igual. Los indígenas abatieron sus banderas y los blancos dieron por terminada la misión que se les había encomendado.         

Desde entonces la Frontera comienza a normalizar su vida y sus actividades. Terminada la campaña don Manuel Antonio regresa a su pupitre de maestro, ahora como profesor de la Escuela N° 2 del Territorio de Colonización, con sede en Temuco.

Muchas generaciones de temuquenses aprendieron de este maestro los conocimientos elementales en que posteriormente basaron una sólida cultura.

Nos muestra varios documentos que testimonian casi todo lo que nos cuenta. En una fotografía ostenta tres medallas que le fueron conferidas por diversos hechos notables de su vida. Una es del Gobierno que se la otorga en reconocimiento de los servicios que prestó en favor de la Pacificación de la Araucanía.

Jubilado de su cargo de maestro en 1926 no se entregó a un sosegado reposo. Continúa luchando en favor de los indígenas y su cultura. Los defendió cada vez que fueron atropellados, les dio organizaciones que les sirvieran para la defensa de sus intereses. Era un caudillo de cepa.

Con palabras de vivo colorido nos cuenta muchas reminiscencias de casi un siglo de vida de la Frontera y de cuarenta y cinco años de magisterio.

Las manos un poco temblorosas acompañan sus palabras y accionan en un cuarto asoleado mientras nos embarca en este rápido viaje a través de la historia roja, húmeda y verde del territorio de Arauco.

 Ahí estaba esa tarde que conversamos en su casa pintoresca con un jardín con muchas flores. Frente a la estación de Ferrocarriles de Metrenco. Por un ventanal se divisa un cerro aislado, hacia el oriente, que custodia las vegas en que él pastoreaba los rebaños del compadre del General Orozimbo Barbosa, el cacique Huenchumán Calbumán Neculmán.

-Yo fui un gallo de pelea– nos agregó cuando estrechamos por última vez su mano de amigo y de maestro.

Nos retiramos llevándonos la visión de una casa soleada, de un jardín florido y de un horizonte recortado de cerros. Habíamos estado cuarenta minutos frente a la historia de la Frontera.

Por sobre la visión exterior nos llevábamos la impresión de la altiva y recia personalidad de un hombre de tez clara, de estampa señorial, de porte distinguido  y de accionar sereno que había visto muchas cosas que nosotros ignorábamos y que había sido un personaje ilustre de una época heroica.

V.H.C.

N de la R. La presente entrevista se efectuó en febrero de 1946; el señor Neculmán falleció el 13 de diciembre de ese mismo año.-

Esta entrevista fue efectuada por el profesor temuquense don Valentín Henriquez y fue publicada en el Diario Austral de Temuco en su edición del 15 de septiembre de 1951.-

La artista Celia Leyton, profesora del Liceo Gabriela mistral, pintó un mural relativo a Manuel Neculmán en el interior del Liceo el año 1956.

Este mural, que se había deteriorado con el tiempo, fue restaurado y reinaugurado en marzo de 2018.

*Intérprete: El que pasa la lenguade una persona a otra, entre mapudungun y castellano

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