Carruajes, ecos de un Chile Antiguo y Profundo

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Este magnífico escenario en las tierras de Lolol, es el marco adecuado para recordar jirones de nuestra historia.

Una grata sorpresa me depara abrir las páginas de la obra carruajes. No es un simple álbum, como señalan sus autores, es un ejemplar único, del cual surgen coloridas y brillantes imágenes, y entrañables textos de quienes cultivan este singular torneo de carruajes: prueba de adiestramiento, destreza, resistencia, coraje, un verdadero arte que inicia una tradición. Y lo más destacable, reúne a  familias, cocheros, vecinos, admiradores, artesanos y petiseros, en torno  al amor por la naturaleza, los caballos, los carruajes y la vida familiar.

Son parte de un Chile profundo, es cierto, de un modus vivendi, de una cultura agraria que perdura.
Tal como en la faena del rodeo, trabajo anual para marcar y contar el ganado, que juntaba en los corrales cercanos a la casa a arriesgados jinetes que realizaban la aparta, luciendo sus mejores chamantos y arrreos; el paso del tiempo dejó de lado la funcionalidad de esta faena agrícola. Sin embargo,  mantuvo el torneo de los jinetes en una medialuna enquinchada, donde los huasos en sus caballos corraleros demuestran su destreza para montar y atajar animales. Hoy día el rodeo es la más típica fiesta criolla.

Los carruajes, eran el medio de transporte comúnmente utilizado desde el siglo XVIII, cumplían una función esencial, y con el paso de los años  se ha querido rescatarlos de los museos y las  abandonadas cocheras y convertirlos en partícipes de un deporte noble y respetado. En las exposiciones anuales de la Quinta Normal, se esperaba con entusiasmo la presentación de carruajes y la ejecución de pruebas de riendas, precursores seguramente de los ejercicios y torneos actuales.

Trasponiendo las vicisitudes del tiempo, y aun olvidando su origen, constituyen expresiones muy genuinas de nuestras costumbres de antaño.
El carruaje surgió en Europa, se cuenta que se hizo muy popular el fabricado en Hungria en la ciudad de Koczi, de allí el origen de su nombre que derivó en coche.

El carro ligero, descubierto, fue sustituido por coches con techo para los largos viajes, más tarde con cabinas cerradas con puertas y ventanas y  para las importantes ceremonias  se requirió de bellas y ornamentadas carrozas. Su extinción se inició lentamente y paralelamente a la aparición de los vehículos a motor.
En la América hispana, su introducción fue más tardía. El medio de transporte más común era el caballo y la mula. En la Lima virreinal, en los inicios del siglo XVIII, hicieron su aparición los primeros coches, utilizados por virreyes, a funcionarios, condes, marqueses y familias adineradas. En el Santiago colonial, pocos carruajes circulaban por las calles, aunque, según Carvallo Goyeneche,  las familias nobles y ricas vivían “con mucha decencia y aparato”, no solo en el interior de las casas, sino fuera de ellas. “Usaban costosos coches y buenas libreas” para ir  a los paseos públicos, hacer visitas o concurrir a bailes.

Rudimentarios caminos comenzaban a comunicar el territorio. El más utilizado fue el Camino del Centro o Real, que corría al pié de los primeros cordones de la cordillera de la costa y se internaba al sur-poniente, hacia el Corregimiento de Colchagua. También fue muy frecuentado el Camino de la Costa o Real Antiguo, que recorría los espacios abiertos del litoral. Posteriormente, el llamado Camino de la Frontera fue la principal vía de comunicación y desplazó en importancia a los dos anteriores. Recorrió el país de norte a sur y con puentes o balsas cruzó los ríos Maipo, Cachapoal, Tinguiririca, Lontué y Maule. Por él transitaron las tropas españolas en dirección a la Frontera, las carretas transportando las cosechas, las tropillas de mulas, el correo a cargo de un jinete o postillón y, desde fines del siglo XVIII, los coches y calesas de los hacendados, los altos funcionarios y los habitantes más pudientes de las villas.

Viajeros que llegaron a comienzos del siglo XIX, señalan que “en los días de fiesta, las jóvenes van al Tajamar, muy elegantes en sus sencillas  calesas, arrastradas por una mula, con un negro o mulato como postillón, que la cabalga”. Las libreas eran chillonas: calzones rojos, casaca verde, sombrero de picos con forro amarillo. Los carruajes se estacionan en largas filas en un costado para mirar las carreras de caballo,  y los jinetes se acercan a ellas, haciendo proezas ecuestres.

En los paseos a las quintas cercanas, las mujeres de edad  asisten en pesadas carretas con toldos y los jóvenes tanto hombres como mujeres a caballo.

El siglo XIX, fue la edad de oro del carruaje, diversos modelos llegaron del extranjero y otros se fabricaron en el país, de acuerdo a los usos y necesidades requeridos. Los birlochos de dos ruedas frecuentaban la ruta de Santiago a Valparaíso. En el  paseo de la cañada, y en la fiesta de la pampilla, durante el gobierno de Bulnes, pintada por Charton de Treville, entremezclados en la abigarrada multitud, se observan los jinetes, carretas y calesas mas refinadas en forma de bandeja con sopandas y capota.

Los elegantes coupé fueron posteriormente empleados por las familias de alcurnia. El refinamiento del modelo y la calidad de los accesorios: hermosos

Frederic de Gelloes camino a Viña Santa Cruz, Lolol.

faroles, cortinados de finas telas, adornos de bronce, escudos en la puerta, eran signos de distinción.
Pero, definitivamente el carruaje está  estrechamente unido al mundo rural. Enlazó los dispersos  pueblos, surcando los rústicos caminos, y con la llegada del ferrocarril, unió las estaciones con los cercanos caseríos y haciendas. Su uso permaneció por más tiempo en estas zonas rurales, donde era muy común hasta hace pocos años, la frecuente circulación de las llamadas cabritas.

Y justamente en estas tierras de Colchagua, donde se encuentran mis raíces, tierras arcillosas, de suaves lomajes cubiertos de vastos espinales y hermosas quebradas de boldos, quillayes y maitenes. Con la llegada de las primeras lluvias, las áridas llanuras se cubren de verdor, se tapizan de florecillas silvestres, y en la primavera los espinos se llenan de alegres botones color oro viejo. Cuentan que mi tatarabuelo, Pedro Felipe Iñiguez, en la década de 1870, se bajaba en la estación de Palmilla, donde lo esperaba la victoria  arrastrada por los caballos tordillos, el coche de trompas y la carreta  con las petacas y los almofreces, e iniciaba el largo viaje hacia San José de Marchigue, que abarcaba, La esperanza y Los maitenes. A mitad de camino lo aguardaban los caballos de refrescos, y al atardecer llegaba a las casas junto al rio rapel.

Esta obra abrió para mí un mundo de recuerdos adormecidos de infancia  y juventud, que acuden a mi mente e impregnan mis retinas de  vívidas  escenas: los afanosos preparativos para partir al campo a las anheladas vacaciones. Tomar el tren y luego de cinco horas, que incluían el traslado hacia el ramal de

Mario Manríquez en su coche por las calles de Lo Abarca.

Pichilemu, llegar a la estación de Alcones. Allí  esperaba el coche cerrado y cuatro caballos enganchados en forma horizontal, lo que producía gran expectación; según los entendidos era un rock-away. Detrás venía el landó con  empleados y baúles. Llegábamos a las casas de Mallermo, rendidos, mareados, pero felices. Nuevas imágenes se agolpan de aquellos años: coger el caballo y cruzar los campos al galope, alegres baños en tranques y esteros, participar en las vendimias y trillas, saltar en los fardos de paja, competir en las carreras de ensacados, y  participar en las misiones. Sana convivencia junto a los que fueron nuestros compañeros de juegos, los habitantes de la hacienda.

Quisiera rendir un especial homenaje a los dueños de carruajes. Conocer de  sus esfuerzos, desvelos y constante preocupación para mantener estos coches, fue un ejemplo inspirador.

Vayan nuestras felicitaciones a la editorial VERUM, por su original y significativo proyecto, al coordinador Luis Herrera, a los sentidos y sugerente textos de Joaquín Matus y a las excepcionales  fotografías de Tito Alarcón. Han puesto  de relieve una de los elementos más importantes de nuestro pasado, junto a una forma de vida en el campo chileno, forma de vida interior y familiar y por tanto desconocida para la gran mayoría. Reviven los carruajes en los días de fiesta, tanto en la boda de la nieta, como en los actuales torneos, desplegando ante la admiración colectiva toda su virtualidad.

Antes de terminar, quiero hacerlos  reflexionar,  crear conciencia, -en este Chile que parece desconocer su historia y rinde culto a una modernidad extranjerizante,- de la importancia de nuestro patrimonio, que no es solo la arquitectura, son sus usos y costumbres, los lugares, los paisajes, las voces, los pueblos y caseríos, los frutos del país, las artesanías, el legado de los antepasados,  la memoria colectiva. Si eso se olvida,  perdemos nuestra identidad.

Teresa Pereira Larraín
Historiadora
Presentación del Libro “Carruajes, Ecos de un Chile Antiguo y Profundo”
Lolol, 28 de abril de 2007.

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