Zúñiga

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Zúñiga es un pueblo que puede reducirse a una calle, y también ampliarse en un pequeño universo. Una población paradojal, típicamente chilena pero a la vez única e inconfundible. No obedece al trazado español de la mayoría de los pueblos nacionales; porque en Zúñiga la fundación no la hizo un militar ni un gobernador, sino un cura párroco, el presbítero Antonio de Zúñiga.

Preocupado por el abandono en que se encontraban los feligreses de Toquigua, este religioso solicitó la construcción de una capilla, que establecida en conformidad con la cédula de Carlos III en 1765, pasó a denominarse “la capilla del cura Zúñiga”, nombre que ya aparece consolidado como “Lo Zúñiga” en documentos de 1839.

Si Chile es una larga y angosta faja de tierra, Zúñiga es una larga y sinuosa calle a 15 Kms. de San Vicente de Tagua-Tagua, en la VI región.

Su homogeneidad arquitectónica refleja la unidad cultural que caracteriza a sus vecinos, vinculados por la identidad y la pertenencia al pueblo, que fue declarado Monumento Nacional en calidad de Zona Típica el año 2005.

Sin embargo, la modernidad colocó a esta población en una encrucijada típicamente contemporánea: conservar su identidad distintiva, o ser asimilado por la globalización.

Amanda Droguett

Muy claramente lo percibió Amanda Droguett, ingeniera comercial que estudió en el extranjero y después de una exitosa carrera volvió a sus tierras:

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“Me asusté cuando vi que se comenzaron a intervenir algunas casas del pueblo, de que iba a dejar de ver muchas cosas que me traían muchos recuerdos en lo personal y que percibía como un legado de nuestros padres y antepasados. No lo podíamos despreciar de cualquier manera. Además tiene un significado para el futuro, porque conservar esto que tiene una gran autenticidad, en que hay una escasa intervención de modernidad, es un valor y una reserva de patrimonio que no existe en otros lugares. Debíamos buscar una fórmula para protegerlo de esas intervenciones que acaban con esta riqueza.”

No es la única en pensar así. Doli Verardi Ávila, nacida en las cercanías, hace diez años que vive en el pueblo y tiene muy claro que es necesario mantener las tradiciones:

“Los pastelitos [peras, roscas y chilenitos] los aprendí a hacer con mi mamá, es una tradición familiar de unas tres generaciones. Son hechos con ingredientes naturales. Siempre los vendemos para las fiestas que realizamos, sobre todo en el 18 de septiembre.”

Ferdinando Soto

En una de las últimas esquinas de Zúñiga, donde ya termina la calle antigua, se levanta el viejo almacén de don Ferdinando Soto. Este almacén se abrió el 20 de mayo de 1920 y se cerró en 1958. Sin embargo, cuando Zúñiga fue declarado zona típica, casi medio siglo después, las puertas se volvieron a abrir para sumarse a los festejos de todo el pueblo.

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Don Ferdinando hijo, quien aparece aquí junto a su padre, evoca la pintoresca y apacible vida del almacén: “Soy nacido y criado en Zúñiga. El almacén era de mi padre. Fue el primer negocio del pueblo y venía gente de los alrededores a comprar en carreta y en coche. El café lo molíamos aquí mismo en el molinillo. Lo que más se vendía era azúcar, yerba mate, pan, grasa para los rodamientos de las carretas, la ‘corvina’ para cortar árboles.”

En las estanterías están también unas antiguas vitrolas que aún funcionan, y la colección de discos 3 ½ de don Ferdinando son otro descubrimiento: himnos, marchas, música de salón y otras músicas que hicieron las delicias de generaciones, vuelven a sonar cuando la ocasión lo amerita.