Hace un par de años tuve la oportunidad de asistir a una de las Fiestas Religiosas más grandes de Chiloé, la del Nazareno de Caguach que se realiza el tercer domingo de Enero en Chiloé. Aquí comparto una crónica de aquel viaje:

Jueves 15 de Enero. Salí la noche anterior de Santiago y ya estaba en el terminal de buses de Castro buscando la manera de llegar a Achao, para desde allá tomar algún bote a Caguach. Andaba apurado pues ya era casi mediodía y no sabía si durante la jornada habrían lanchas con regularidad. Faltaban tres días para la fiesta y tenía que llegar antes para poder registrar con mi cámara todas las cosas interesantes de los preparativos.

Pero esta pasada por Castro me brindó la ocasión de probar los milcaos y papas rellenas que vendían unas señoras en unos puestos en la calle. Al fin encontré un minibús que iba saliendo, así que acomodé las cosas y fui disfrutando del paisaje e intrigado por toda esa gente que subía y bajaba. Muchos andaban en las compras semanales, otros en trámites, personas que los esperaban, etc. Un pequeño mundo rural que se mueve en función de la llegada de la micro.

Después de pasar Dalcahue subimos a la barcaza y cruzamos Curaco de Vélez, llegando en pocos minutos a Achao, en donde se veía una lancha cargando unos bultos en el muelle. Caminé directamente a ella y los cargadores me confirmaron que salían rumbo a Caguach en unos 40 minutos más. Hice un acto de confianza y le dejé mi morral para que lo subieran, mientras yo me fui a buscar dónde almorzar. Preguntando llegué al frente de una casa que no tenía pinta alguna de ofrecer ese tipo de servicios, pero cruzando un mamparo se descubría un comedor con varias mesas llenas de gente, una estufa que dejaba la temperatura en punto muy acogedor, y unas cazuelas que lo reanimaban a uno tras el agotador viaje de casi 1.300 km.

La lancha iba llena, de comerciantes, viajeros y familiares que iban a la Isla para la fiesta del Nazareno. Pero hagamos un poco de historia y entendamos cómo miles de personas se trasladan todos los años en agosto y enero a venerar esta imagen.

El Señor de las islas

Hace más de 230 años, tras la expulsión de los jesuitas de las provincias españolas en 1767, las islas del archipiélago de Chiloé temieron quedar en el desamparo espiritual. Pero la evangelización iniciada por los hijos de San Ignacio fue asumida por el Colegio de Propaganda Fide de Santa Rosa en Ocopa, Perú. En 1771 un grupo de misioneros franciscanos llegó al archipiélago. Uno de ellos, Fray Hilario Martínez, trajo consigo unas imágenes con ánimo de dar nuevo impulso a la fe católica entre los isleños. Entre ellas destacaba un piadoso Nazareno; y cuando las imágenes fueron repartidas entre distintas islas, el franciscano hizo de Caguach la sede definitiva para el Cristo, el cual se convirtió rápidamente en un polo espiritual.

Una novena prepara los ánimos para el día de la fiesta, centro de las celebraciones. Peregrinos chilenos y extranjeros se mezclan en la gran procesión que arrastra, por así decir, gran parte del legendario archipiélago chilote.

En la Isla

Después de unas dos horas de tranquila y monótona navegación arribamos en la “Carmencita III” a la isla. Tomé mis cosas, ayudé a bajar algunos bultos y me fui a buscar la pensión en que me quedaría, algo no tan difícil ya que las casas se ubican alrededor de la iglesia y frente a una explanada del tamaño de unas dos canchas de fútbol. Tenía el dato de la Sra. Juana Mancilla (cel. 96735602), quien acondicionó su casa para recibir a los trabajadores de las salmoneras y que en época de fiesta se desdobla para cocinar, atender y preocuparse de las visitas.

El viernes pasado mediodía comenzaron a llegar las imágenes de los santos traídas desde las islas vecinas a participar en la fiesta. Apiao, Alao, Chaulinec y Tac “embalan sus patronos” y navegan hasta Caguach, donde son recibidos con melodías características. Luego los colocan sobre unos mesones largos al costado de la iglesia hasta el domingo.

El sábado ya desde temprano se ve más movimiento por los botes que van llenando la bahía y los bautizos en la Iglesia. Ahí pude ver la antigua costumbre, de la que siempre oí, del padrino lanzando monedas al aire a la salida de la iglesia.

En la iglesia las velas que encienden los peregrinos van iluminando cálidamente el ambiente. La imagen ya está abajo, cerca de la gente, que le reza, pide y besa la cinta que va a sus manos.

Después de almuerzo, a las 15.00 Hrs. se realiza la Procesión de Banderas en la explanada frente al templo. Los pabellones nacionales se enarbolan junto a las insignias de las islas, para entusiasmo de los asistentes. El viento oceánico, que las hace ondear con gallardía, realza la belleza de los estandartes. La alegría ceremonial se incrementa gracias a la música de los pasacalles, bandas formadas por bombos, guitarras y acordeones. De ellos emerge el fondo sonoro de la fiesta, con sus cadencias y sus coplas. Los pasacalles llenan el ambiente de melodías tradicionales, vinculando todas las épocas.

Más tarde, los niños y jóvenes de las diversas islas prepararon unas presentaciones de bailes y músicas tradicionales chilotas. Se notaba que lo habían preparado con anticipación y esmero. De noche todos nos encontramos nuevamente en la Iglesia para rezar el final de la novena y participar del Via Crucis recorriendo las XV estaciones. Después a descansar, porque el domingo se veía venir ajetreado.

Y no me equivocaba, al despertar y mirar por la ventana el mar estaba lleno de botes, lanchas, motonaves y transbordadores. Venían desde Castro, Achao y Dalcahue principalmente. Los más grandes bajaban sus ramplas a orillas de la playa y la gente bajaba. Según lo que me decían, ese día había entre 25 a 35 mil personas.

El acto principal es la misa de mediodía, que cuenta con la presencia especial del obispo de Ancud y que es celebrada frente a la Iglesia, pues la gente no cabría en el interior del templo. Terminada la liturgia, comienza la procesión. Este día pasa demasiado rápido.

La escena trae a la mente muchas impresiones, y en especial el significado de la palabra “religión”, es decir, “religar”, restaurar los lazos. En esa multitud que contempla, que reza, ya anhelante, ya bulliciosa, existen lazos mutuos que exceden los límites físicos y se adentran en la Historia común, en los valores compartidos donde todos se reúnen con afabilidad, como en una sede espiritual. Son esos lazos los que atraen invariablemente a cada peregrino.

Me habían dicho que si después de la procesión no tomaba algún bote me sería difícil salir en un par de días. Y tenían razón pues cuando la columna comienza a volver en dirección a al iglesia, gran cantidad de gente se va a las playas a subirse a los lanchones. Y como estaba advertido pasé a buscar mi morral con mis cosas y me fui al embarcadero. Era un hervidero de gente, parecía uno de esos éxodos masivos que uno se imagina en África cuando pueblos enteros deben arrancar. También hay que ser precavido y preguntar para dónde va el ferry, no vaya uno a terminar en otro lado. Así pude ubicarme en el segundo piso, al aire libre, acomodarme y repasar un poco lo vivido junto al “Señor de las Islas”.

Vea el artículo sobre las Fiestas del mes de enero.

 

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