Lleno de celo apostólico, un fervoroso fraile agustino esculpió con medios artísticos muy limitados una de las más antiguas imágenes de Nuestro Señor veneradas en Chile, el que con el tiempo y tras desastrozos acontecimientos fue llamado el Cristo de Mayo.

Cada 13 de Mayo el Señor de la Agonía sale en procesión por el centro de Santiago.

Caminando por el centro de Santiago, recordé los elogios que un amigo había hecho a la recién restaurada iglesia de los agustinos. Dirigí mis pasos al histórico templo. Una hermosa escena me aguardaba al cruzar las puertas: en me dio del silencioso recogimiento de los feligreses, la luminosa claridad matutina bañaba las tres naves de limpios colores, resaltando las líneas neoclásicas del altar principal. Como siempre, los altares laterales recibían el incesante flujo de fieles de todas las edades, que cultivaban arraigadas devociones: a la Madre del Buen Consejo, a la Virgen del Carmen o a santa Rita de Casia, entre otras.

Pero existe un rincón de la iglesia donde reina un recogimiento distinto: el altar del Cristo de Mayo. Ése era el verdadero motivo de mi visita. Me llamaba fuertemente la atención ver siempre a alguien rezando arrodilla do frente a él, o algún padre contando a los hijos su historia matizada de leyenda.

Patrimonio de la iglesia y del país

Antigua imagen que conserva el misterio y las bendiciones de otros tiempos, el Cristo de Mayo no es obra de un renombrado artífice ni pertenece a ninguna escuela de imaginería. No mira al que se arrodilla a sus pies; está absorto en un punto elevado e indefinible, con aires de eternidad. Por lo mismo, parece ajeno a cuanto le rodea, solitario en su contemplación.

Me llevé una sorpresa al llegar frente a la querida imagen colonial. No tenía ese brillo de pieza restaurada que lucía el resto de la iglesia. Estaba igual que antes —por años he sido devoto suyo—, impregnado por el tiempo, dueño de su habitual expresión de tragedia y firmeza.

Extrañado, quise aclarar este hecho y me dirigí hacia el convento, en donde encontré a Guillermo Carrasco, historiador que trabajó en la restauración del templo y ha investigado sobre el Cristo de Mayo y la obra agustina en Chile. Me dio una pronta explicación: “El Cristo de Mayo no fue restaurado, sólo sometido a un proceso de conservación para mantenerlo tal como todos lo conocen, y así no dañar la devoción que los fieles le profesan; es un patrimonio de la iglesia y de nuestro país”.

De hecho, la historia de la imagen justifica la sensata actitud de las autoridades.

El Señor de Mayo en la Iglesia San Agustín

El Cristo de la Agonía

En el año de 1604, llegó a Santiago el joven profeso agustino Fray Pedro de Figueroa, nacido en el Perú en 1580. Las crónicas destacan su entusiasmo y constancia en la labor evangelizadora que realizó en la capital chilena. Sin embargo, la escasez de imágenes y esculturas para incentivar a los fieles lo tenía preocupado. En su Lima natal, donde ellas abundaban en belleza y variedad, había observado el trabajo de sus hermanos de hábito de reconocida fama en el arte de la escultura. Y aunque no era escultor, fue haciendo algunas pequeñas imágenes que se distribuyeron por los corredores del convento y de otras casas religiosas de Santiago. Estos primeros pasos lo entusiasmaron y se atrevió, con la ayuda de un carpintero para el trabajo más rudimentario, a tallar un Cristo agónico en la Cruz. Ayudado más por la gracia que por sus dotes artísticas, concluyó la imagen en febrero de 1613. Los expertos no la encajan en ninguna escuela artístico-escultórica. Tiene algo de español y algo de mestizo, pero sin grandes méritos propios. El trabajo en el cuerpo no es refinado, ni siquiera las llagas están elaboradas con esmero. Pero si algo destaca del conjunto es la expresividad del rostro. Es un Cristo de rostro serio, que mira con firmeza un punto indefinido, recordando la pungente exclamación: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46) ¿Fray Pedro se habrá inspirado en este trecho de las Escrituras? A ciencia cierta nunca lo sabremos. Expuesto a la veneración pública, el Cristo de la Agonía —como fue llamado— congregó a los fieles de la época por ser de las pocas imágenes que ornaban las iglesias santiaguinas. Un hecho extraordinario le daría la fama que goza hasta el presente.

Origen de la Procesión del Cristo de Mayo

Cerca de las diez de la noche del 13 de mayo de 1647, un fuerte terremoto sacudió la ciudad de Santiago. Murieron muchas personas, se vinieron abajo casi todas las casas, pero el Cristo de la Agonía se mantuvo en pie, con parte de la iglesia de los agustinos. Como si fuera poco, otro hecho sobresaltó a los sobrevivientes: la corona de espinas había caído, y ahora estaba en el cuello del Señor. “¿Qué significará eso?” — se preguntaban.

Fray Gaspar de Villaroel, fraile agustino y obispo de Santiago, comenzó a reunir a los sobrevivientes en la cercana Plaza de Armas, y los monjes organizaron con los vecinos una procesión en la que, todos descalzos, llevaron allá la imagen, colocándola en un lugar prominente. Entonces, según consta en un documento contenido en el Archivo Provincial Agustino, el obispo hizo un ardoroso sermón sobre “los misterios que contenía el caso referido, con tanto aprovechamiento de todos los oyentes, que causó en todos gran levantamiento de sus espíritus, con demostraciones de verdadera penitencia, haciéndose especial mención de la corona de espinas puesta al cuello de nuestro Redentor”. Desde entonces la imagen pasó a ser conocida como Cristo de Mayo, y en forma espontánea se inició la procesión que hasta hoy recorre en esa fecha las calles céntricas de Santiago. Tanto la imagen como la procesión se convirtieron en un vínculo del Chile de hoy con la fe de los tiempos coloniales.

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Comentarios:

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Soledad dice:

Me encantó la página, material así es lo que se necesita para desarrollar nuestra identidad y así amar de verdad a Chile