Joaquín Matus Toro

Ilustrador y músico. Estudios de Historia y Geografía – Universidad Católica de Valparaíso.

Mucho se desconoce de la geografía mística y religiosa de Chile, de sus fiestas religiosas. Pasa desapercibida para geógrafos y guías turísticos. Pero ella existe. Le invitamos, pues, a fijar junto a nosotros su atención en un punto del mapa nacional: Andacollo, Cuarta Región, sede de una de las mayores expresiones de devoción mariana del país, a caballo entre la religiosidad comunicativa tan típica del Norte y la forma de ser contemplativa y amiga del sosiego, más propia de los valles del centro.

El mayor tesoro de la montaña

Antes que el Norte Chico dé paso a la zona central, hay una montaña sagrada a la cual conviene subir. En efecto, la precordillera de la Cuarta Región alberga entre sus grandes cimas el santuario mariano de Andacollo, cuna de una devoción comparable a La Tirana en diversidad y originalidad.

Para llegar a esa meta es necesario seguir una ruta ondulante, que se abre camino entre los pliegues de las montañas como un río que retrocede hasta su fuente. Cuando se alcanza por fin la planicie superior, el peregrino ve desplegarse un valle apacible entre cerros de desértica aridez. En ellos, escondidos, duermen yacimientos minerales que han atraído a generaciones de mineros; pero paradojalmente, el oro más valioso vino con ellos: su fe.

Mirando a lo lejos veremos cómo la línea monótona de las lomas y caseríos es interrumpida por dos altas torres y una cúpula romano-bizantina. Allí, donde todavía reina el desierto, está el poblado de Andacollo, que vive sus días alrededor de una enorme basílica de madera y un casi vecino templo de piedra, más antiguo.

Andacollo es un crisol de religiosidad que funde expresiones diversas en torno a un eje común: la Virgen del Rosario, más conocida como “Chinita”, antigua imagen de aire mestizo. La fiesta, como también suele suceder en los santuarios nortinos, es una historia de origen indio a la que la Providencia fue añadiendo nuevos rostros de fe (auténtica inculturación). La situación geográfica de Andacollo lo vuelve una especie de “santuario de transición”, donde las formas de devoción características del Norte incorporan sensibilidades más cercanas a los valles centrales, formando una amalgama que se esfuerza por manifestar adecuadamente toda su riqueza.

Historia de la devoción de la Virgen de Andacollo

Entre los años 1560 ó 70, un indio que recolectaba hierbas y raíces en la zona descubrió una imagen de la Virgen en un matorral. La llevó a su casa para darle culto, y a medida que se corría la voz, otros devotos se sintieron atraídos espontáneamente. Ellos recurrieron a las expresiones de religiosidad que les resultaban familiares; el arraigo paciente de la fe a través del tiempo fue puliendo estas manifestaciones e inspirando otras nuevas. Hacia 1580 la imagen fue instalada en casa propia, una humilde capilla que sería ampliada con el tiempo hasta dar paso a un templo bastante más espacioso, inaugurado en 1789, el mismo al que hoy conocemos como “Templo Antiguo”. Tal como su capilla predecesora, la iglesia siguió recibiendo mejoras —la más notables de ellas el hermoso e íntimo “Camarín de la Virgen”— aparte de los reemplazos de materiales y añadiduras estructurales que lo fueron fortaleciendo. Con todo, esta iglesia venerable se hizo pequeña ante el mar de peregrinos, y los fieles decidieron iniciar la construcción de un templo mayor.

La Basílica de Andacollo

Así fue como durante largos años del siglo XIX este firme propósito —un templo grande— fue cobrando forma… a lomo de mula.  El tortuoso ascenso hasta Andacollo no desanimó a los pirquineros que, encariñados con la “Chinita”, viaje tras viaje subieron los materiales del nuevo templo, porfiando contra todos los obstáculos. Veinte años tardó la construcción del edificio, diseñado por el italiano Eusebio Celli, hasta que pudo ser inaugurado en 1893.

Desde entonces, hace más de un siglo, este santuario surge como una visión escondida en las alturas del valle, para atraer las miradas y elevarlas hacia Dios. Iglesia íntegramente construida en madera, sus columnas, capiteles, arcos, torres y cúpula son finas reproducciones de las iglesias de mármol en Europa.

La Fiesta de la Virgen de Andacollo

Dos veces al año las multitudes suben para celebrar a la Virgen en Andacollo: el Primer Domingo de Octubre, llamado “Fiesta Chica”, y entre el 23 y 27 de Diciembre, la “Fiesta Grande”.

El 23 la imagen sagrada inicia el período de fiesta con la ceremonia de traslado, que la lleva desde el templo antiguo a la gran basílica de madera. Los peregrinos comienzan poco a poco a poblar las calles y la animación de un tiempo diferente, más sagrado, empieza a distinguir las actividades y las actitudes de los pobladores. Además, la Virgen del Rosario de Andacollo casi comparte su aniversario con el Nacimiento de Cristo, gracias a lo cual las liturgias de esos días, en especial las del 25 y 26, adquieren una dimensión imponente. En las silenciosas alturas del santuario, en medio de un desierto semejante a aquel donde el Niño Dios abrió sus ojos, la Navidad comunica una irresistible sensación sobrenatural. Hay en esos días como una cita con la grandeza: nutridas multitudes llenas de fe se inclinan ante la Grandeza Encarnada. Y uno descubre que esa religiosidad es la que explica los templos monumentales.

Entre tanto, la comunidad andacollina se familiariza con realidades trascendentes, que percibe con los ojos del alma y expresa en bailes enérgicos, los cuales tienen la plaza como escenario pero callan una vez que ingresan al templo. El día 26 de diciembre la espiritualidad de la fiesta llega al ápice de sus variadas manifestaciones; los bailes despliegan sus coreografías, los peregrinos llegan a cumplir promesas, y la Virgen de Andacollo recorre las calles a partir de la plaza, avanzando entre un mar de devotos que se abre a su paso, acompañada por el arzobispo de La Serena y el clero local. El júbilo contagia los espíritus y los traslada en un ritmo y una dimensión diferentes. Demostrar la fe es bien visto, y se tiene la impresión de que estos pocos días concentran la intensidad de siglos enteros.

El 27 de diciembre la fiesta concluye, y la Virgen regresa desde el Templo Nuevo al Antiguo. Ese día se cierran las puertas de la basílica mayor, callan los instrumentos, los peregrinos retornan a su lugares de origen. La árida y luminosa geografía nortina comienza la espera otra vez, hasta que este tesoro escondido vuelva a brillar dentro de un año, para enriquecer a quienes vayan a encontrarlo y también, misteriosa y sutilmente, al país entero.

Se manifiesta ahí una identidad y una fe que llevan consigo un mensaje de futuro más potente de lo que se podría pensar.

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