Aporte Histórico, Informativo y Educativo de “Rieles Fronterizos”

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Hace algunos días recibimos una interesante crítica al libro “Rieles Fronterizos” de nuestro colaborador en La Araucanía Héctor Alarcón Carrasco. La hace Eugenia Toledo Renner, escritora, poetisa y crítica literaria, quien durante muchos años vivió en EEUU y ahora se ha radicado en la IX región, en donde ha conocido el trabajo de Alarcón Carrasco.

Hoy en día no hay tren, como tampoco hubo rieles
a la frontera y ya nunca los habrá. (P.177)

 

Muchos de nosotros tenemos una visión romántica o nostálgica de los trenes. Tenemos visiones de viajes, maletas de cuero, damas con sombreros, humo y sonido, estaciones y pasajeros. Quién no lleva en la memoria ya sea un tren real de aquellos que corrían en nuestro país o aquellos trenes de ficción, como los trenes rusos de Tolstoi y Pasternak; ciertas películas inolvidables como “Extraños en un tren” de 1952 basada en la novela de Patricia Highsmith, pero por sobre todo la novela de Elena Poniatowska llamada “El tren pasa primero” (Alfaguara, 2006) que la hecho aún más famosa.

Y sin ir muy lejos, descubro que en nuestra región tenemos a un autor nacido en Los Sauces y residente en Lautaro, Héctor Alarcón Carrasco, quien tiene sin duda esa pasión no sólo por este suelo, sino por la vida pionera, los trenes, los aviones, los hombres aventureros, los viajes, las estaciones, los pueblos desaparecidos, las fotografías de la época, las pinturas, los viejos periódicos y todo lo que constituye nuestro hermoso pasado patrimonial. Le conozco dos libros que me ha entregado personalmente. Me refiero a Cóndor de los Andes. Dagoberto Godoy Fuentealba (2010) y a Rieles fronterizos. Ramal ferroviario Púa-Lonquimay (Salesianos Impresores S.A., 2011), libro al cual me voy a referir un poco en esta reseña.

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La construcción del ferrocarril llamado “Entre Chile y la Argentina por el boquete Antuco” fue autorizada en 1887, pero como todo toma su tiempo los estudios comenzaron en nuestro lado en 1896.  Se inician las actividades dando paso a los primeros trabajos ferroviarios de 1906 adelante, cuando se consideraron los tramos, los pasos, las estaciones (fueron famosas las consideraciones de Púa, Selva Oscura, Curacautín y otras). Los rieles iban abriendo paso por los campos de particulares y terrenos indígenas para su construcción. En 1913 estaban llegando las obras a su fin y los habitantes de los alrededores veían el tren como herramienta de progreso para sus pueblos. Y así fue, comenzó el transporte de la madera, animales, etc. y se esperaba muchos más tratados comerciales entre ambos países. En 1895 ya se notaba un crecimiento y un auge comercial en Curacautín, por ejemplo.

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En 1929 se inician los trabajos del túnel Las Raíces, con la apertura de las vías de acceso, ejecución de los canales de aducción para fuerza motriz, transporte y armaduría de máquinas, construcción de campamentos, y una serie de labores relativas a las obras (p.90). Es fascinante la cantidad de personas que se desplazaron para trabajar en la obra. En un censo de 1930 se dice que este poblado ferroviario contaba con 410 personas más o menos. Los inviernos fueron duros además en una época de gran cesantía mundial y en nuestro país. En 1932, el martes 17 de mayo, cuando se efectuaban las faenas normalmente se produjo un hundimiento de la montaña…

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En estas 30 páginas de la obra, Capítulo tres, Túnel Las Raíces, el texto de Héctor Alarcón toma intensidad. Siendo esta obra testimonial está muy bien narrada. Es una parte gruesa e importante en la aventura. El autor no deja afuera la parte dramática de la situación. Nadie queda sin ser nombrado. Relata los detalles del rescate e indica los esfuerzos de los pueblos y la ciudad de Temuco por ayudar, las Organizaciones, bomberos, hombres ranas de Concepción, los mismos trabajadores, los ferroviarios, los ingenieros jefes, las familias y la inventiva manera periodística del corresponsal del Diario Austral, única prensa presente, hasta que los encerrados en el vientre de la montaña fueron rescatados.

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Deja claro el autor que esta fue una época de lentos abrecaminos, en que el hombre, no la máquina, se sacrificaba trazando, calculando, excavando y haciendo túneles que parecían imposibles en la cordillera. La historia de esta trama ferrocarrilera se nos puede parecer como una fuente de tristeza y nostalgia. Nada tiene de malo sentirse así. La geografía nos informa, el recuerdo de esos trenes y de sus hombres y mujeres pioneros cobran a la luz de la escritura de Héctor una vida peculiar.

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Este sueño transandino sin embargo no llegó a producirse. Los trenes corrieron y cumplieron su servicio junto a los hombres que los manejaban. La esperanza se fue apagando aún con el empeño de empresas, particulares y campesinos. Al contrario las vidas se fueron apagando, las máquinas se fueron muriendo de a poco, los años pasaron. El tren hizo su último viaje el 23 de septiembre de 1983, a cargo de su conductor Gustavo Moreno, quien hizo el viaje de ida y regreso a Lonquimay (p. 170). Hasta ahí llegó y se apagó la faena. El túnel tenía más de 4.000 metros, uno de los más largos de Latinoamérica. Un atento a lograr lo imposible.

Héctor Alarcón Carrasco combina los recursos del discurso testimonial histórico en su obra con una investigación exhaustiva, con testimonios de sobrevivientes y dotes de periodista. Incluye entrevistas, soporte fotográfico y pictórico. Hay también gráfico registro del entorno, visitas a Púa, Drina Green, Cullinco, Selva Oscura, Villa Cautín, Rari Ruca, Curacautín y Lonquimay.

Es evidente en la obra la admiración por los ingenieros  y la eficacia  del trabajador chileno que creía en la importancia de su labor. Evita el estereotipo o el acartonamiento de sus sujetos estudiados. Lo mismo como se observa la pasión por los trenes, su mecanismo y funcionamiento.

Termina la obra con tres anexos y una extensa bibliografía. Aporte histórico, informativo y educativo.

Por Eugenia Toledo Renner, Ph.D.
Temuco, Chile, Julio del 2013