Genoveva Soto, Tejedora en Crin de Rari

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En su taller de Conchalí mantiene viva la tradición familiar del tejido en crin de caballo. Mariposas, sombreritos, separadores de libro y otras muchas figuras salen a la luz de sus diestras manos.

Rari está ubicado en la precordillera de Linares. Es un pueblito de no más de 1.500 habitantes que es cuna del oficio de tejer en crin de caballo. Según dice la tradición desde hace más de 200 años que vienen tiñiendo las crines y tejiéndolas en pequeñas figuras.

Genoveva Soto, tejiendo sus crines

Genoveva aprendió de su madre y su abuela desde muy pequeña. “En esa época no había ni Tv ni radio, así que uno llegaba del colegio a tejer con la mamá”. A los seís años fabricó sus primeros ramitos de flores (con los cuales se inician las tejedoras) y los llevó al almacén para venderlos. Como eran otras épocas, llevo el dinero de vuelta a su mamá y quedándose con una parte para los gastos de la casa le dio el resto. Ahí partió a comprar dulces. De eso ya son más de cincuenta años, y a pesar de haber tenido que trasladarse a vivir a Santiago, con su marido, a unos tempranos 19 años, mantuvo el arte de tejer, participando en ferias y muestras artesanales.

El proceso para obtener la materia prima es lento. Las crines, de las que se abastece en el mercado, primero se lavan, se peinan y desinfectan. Luego se vuelven a peinar y se tiñen con anilinas, para finalmente lavarla y peinarla de nuevo. También por la poca regularidad en la calidad de esta crines utilizan tampico, una fibra vegetal importada del norte de México, que le da la firmeza al tejido. Es como el armazón sobre el cual tejerá.

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En tejer una mariposa grande puede demorarse un día entero. A las figuras va combinando colores, que es lo que más le gusta, y cuando ve alguna figura en el campo o en su vida diaria, piensa en cómo recrearla. Su destreza en este trabajo manual, le permite hacer además aros, collares, lagartijas, mariposas, damas antiguas, huasos con sus guitarras y carretas.

Ha dictado algunos cursos, pero los alumnos lo abandonan pronto por el fino trabajo manual que debe hacerse además del esfuerzo de la vista. “Lo más importante para ser tejedora, dice, es que debe tener cariño por lo que hace, cariño por los recuerdos del campo”. “Para mí, el aprender a tejer, es lo más bonito que me ha pasado en la vida”.

[box type=”note”]Genoveva Soto. Tel. 736 0380. Conchalí – Santiago[/box]