El Último Funeral Mapuche

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Las sociedades occidentales modernas tienen en general, una concepción dramatizada de la muerte, se la rehuye, se la teme, se  la elude, se la tiende a ignorar en su concepción natural y muchas veces se la esconde de parientes enfermos o de los niños.

Es por eso que nuestros funerales tienen, socialmente hablando, un ritual más bien escaso; aparte del sentimiento natural de los deudos, todo transcurre en un velatorio de 10 de la mañana a diez de la noche. El mayor realce lo tiene todavía, en la tradición católica, la solemnidad austera de la Misa de cuerpo presente y el responso que traen, desde el ámbito religioso, la luz sacral del consuelo sobrenatural ante la muerte. Luego viene el rápido  traslado en coche funerario al cementerio, algunos discursos, cuando los hay, y luego el ataúd baja a la fosa. La tumba es cubierta de flores y se da por finalizada la solemne y triste tarea, donde la discreción y el silencio han sido el gran velo que ha cubierto con un manto rasgado la el procedimiento social de principio a fin.

La concepción Mapuche de un funeral – dentro de sus propias condiciones de evolución histórica y de cultura – muestra como sociedad una visión del tema diferente, la cual ha  tenido diversas formas de expresión a través de la historia.

Luego de la llegada del español a nuestras tierras el concepto funerario Mapuche sufrió un cambio que llamó la atención a cronistas de las diversas épocas.

Fue así como se idealizó el uso del wampu (canoa de madera) como ataúd, en el que se proveía al fallecido de alimentos y de sus especies personales como joyas, dinero, ropas, espuelas de plata, montura y en el caso de los guerreros su lanza.

Conocida la muerte de un personaje principal de una comunidad, los caciques de los alrededores llegaban al velatorio junto con sus familias y preparaban sus fogatas y sus alimentos, acampando siempre hacia el sector de donde provenían.

Durante el velatorio mocetones montaban a caballo y corrían por los alrededores del féretro, otros lucían sus destrezas con la lanza y la flecha. Una vez que concluía, un grupo pasaba la bandera a otro cacique que con su gente continuaba el ritual que era acompañado con toques de trutruca, kultrunes y pifilkas.

Antes de partir al eltun (cementerio) algunos hueupive (oradores) generalmente hombres de edad, se ubicaban a la cabecera y a los pies del difunto y daban a conocer su árbol genealógico, hablando de las virtudes y antepasados del extinto.

Posteriormente cuatro mocetones cargaban el cuerpo que iba en un pillai (angarilla), en tanto el wampu era llevado en una carreta hasta el eltun, donde finalmente se le daba sepultura.

Parte de estas tradiciones fueron las que quiso rescatar Román Guevilao Levío (Q.E.P.D.), antiguo Lonko (jefe) de la Comunidad Cacique Pichunlao de Perquenco, quien antes de fallecer de una enfermedad que lo aquejaba, dejó a sus hijos el mandato de efectuar su funeral bajo los ritos mapuches.

Román Guevilao Levío pasó sus 77 años en la tierra que le legaron sus ancestros, a orillas del río Quillem (lagunitas de agua que se forman en el invierno), en un vallecito que se ubica en una hondonada a varios kilómetros hacia el sur del camino que por el interior de la comunidad permite salir hacia Lautaro o Perquenco.

Allí donde sólo hay unas tres casas de otros comuneros, el niño Guevilao creció al amparo de los cerros, a la vista del bosque nativo y del río que eran sus lugares predilectos de entretenimiento juvenil. Gustaba también de participar de las fiestas de su comunidad, especialmente en los nguillatun (rogar, hacer rogativas), como bailarín sagrado o choiquepurun  (avestruz) y en otras lides deportivas como la chueca y la monta a caballo.

Más tarde se interesó por los problemas de su comunidad, buscando la forma de resolverlos y fue nombrado Lonko por sus hermanos mapuches de Pichunlao. Así pasó su vida, una vida simple, arraigada en sus costumbres, de criar a sus hijos, de educarlos en la escuela del sector, pero buscando mantener siempre latente la característica de su raza, el recuerdo de sus ancestros y allí lo sorprendió la enfermedad que le quitó la vitalidad propia de los Guevilao, hombres fuertes, forjados en el espíritu mapuche y que el 27 de julio lo alejó para siempre de sus semejantes y lo obligó a emprender el camino sin regreso hacia la eternidad.

Ese fue el motivo por el que su hijo Román, activo dirigente y Lonko de la comunidad, junto a su madre, decidieron que al tercer día, cuando el féretro fuera sacado al patio sus nietos bailarían en su honor junto a la urna.

Además se prepararon los bueyes del extinto, que esa mañana lucían un hermoso pelaje y la vieja carreta fue adornada con cintas y globos blancos. Luego del baile ritual la urna fue llevada en andas por sus parientes hasta el término de su propiedad, donde más tarde se levantará el “descanso” en el que se le podrán dejar flores y encender velas en su memoria.

En ese lugar la urna fue colocada cuidadosamente en la carreta y los bueyes, lo mismos que lo acompañaron en tantas labores del campo, iniciaron su pausado peregrinar hacia el eltun de la comunidad, ubicado a unos cinco kilómetros del lugar. Los  familiares y amigos del occiso acompañaron a pie el lento caminar de la carreta con su carga mortuoria que sólo se detuvo a la entrada del recinto funerario.

En el interior del lugar se le efectuó un responso por el sacerdote de Perquenco y luego su hijo Román y su hermana expresaron algunas palabras a los presentes. Cuando ya la tarde comenzaba a declinar, la urna fue bajada a su último reposo donde los restos de Román Guevilao Levío fueron cubiertos de flores, cuyos colores resaltaban a los movimientos de la suave brisa de esa soleada tarde invernal.

Tuvimos autorización de la familia para grabar este funeral Mapuche,  revestido de la dignidad y el simbolismo que un hombre de la tierra se merece, y cuyas imágenes compartimos con nuestros lectores.

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