Sagra de la Oliva ¿Nueva Fiesta Costumbrista de los Campos Chilenos?

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El Olivo es de aquellos árboles con presencia inmemorial en la historia de la cultura. Se lo encontraba ya hace 5.000 años en la antigua Mesopotamia, donde llegó en su versión silvestre, el acebuche. Sucesivas selecciones y adaptaciones, lo transmutaron en aquellos ejemplares resistentes que han convivido allí secularmente con la vid, el almendro o la higuera.

Un cultivo ancestral

Como el vino y el pan, el aceite de la oliva es un producto básico ancestral, cuyo significado simbólico y cultural sobrepasaba su carácter meramente nutricional. Por eso mismo, su realidad se fundió también alguna vez con la leyenda: mitologías paganas de pueblos de la cuenca Mediterránea se disputan su origen.

Además del uso culinario, el aceite de oliva ha tenido — desde siempre — empleo en ritos religiosos, en iluminación, en cosmética, perfumería y medicina; estando profundamente integrado a la cultura judeo-cristiana desde sus inicios.

Fiesta Costumbrista del Olivo en Santa María
Legendarios olivos de Jerusalén que habrían sido traídos en la Colonia, via Sevilla, por misioneros jesuitas, se encuentran en el huerto de la iglesia de Santa Filomena en Santa María, V región.

 

Traído a América por los primeros conquistadores y misioneros

Los primeros olivos llegaron al Caribe desde Sevilla, con los conquistadores y misioneros españoles, propagándose después por el continente. En México ya se plantaban olivos en México en 1560. Más tarde en Perú, California, Argentina y Chile.

Su larga siesta chilena

En el Reino de Chile la actividad agrícola se desplegó, inicialmente, en el gran Valle Central. En los microclimas de la multiplicidad de valles transversales menores, favorecidos por las cercanías del Pacífico y la protección de los Andes, allí se cultivaron también nuestros primeros Olivos. Luego se fueron plantando diversas variedades hasta Limarí al Norte y Biobío al Sur. Principalmente para su consumo familiar.

Nuestros Olivos crecieron así, lenta y tranquilamente, por décadas y décadas. Sin apuros, pero también sin plagas. No les había llegado la hora de transformarse en protagonistas de una próspera industria moderna.

El primer despertar

A mediados del siglo pasado, dio unos pasos pioneros don José Cánepa Vaccarezza, cuyos primeros olivares en Peteroa (cerca de Sagrada Familia), remontan a los años 40. En 1952, don José resolvió modernizar su empresa, incorporando a sus procesos de producción tecnología nueva traída de Italia. Con el tiempo ella se transformaría en el actual Emporio Terramater.

Inicialmente, su ejemplo fue seguido apenas por algunas pequeñas empresas. Mucho tiempo y mutaciones políticas, socio-económicas y culturales tendrían que transcurrir en el país para este primer vislumbre transformarse en el desarrollo y expansión de la olivicultura chilena de hoy.

La producción de aceite de oliva actual

petralia_500Y no esta demás insistir en esto: sólo dentro del impulso contagioso de la nueva creatividad económica y el nuevo tonus de progreso y civilización experimentando por el país en las últimas décadas del siglo XX, el rubro terminó por despertar enteramente. (Fenómeno de progreso y creatividad que, dígase aquí de paso, fuerzas de retroceso que medran con la agudización de las tensiones y conflictos parecen hoy querer interrumpir…)
Fueron, en efecto, los años 90 que vieron producirse un fuerte aumento en las inversiones, introducirse las principales variedades aceiteras del mundo, asistieron a la búsqueda del perfeccionamiento y de la excelencia en los métodos de cultivo y a la aplicación de nuevas estrategias de comercialización.
Se afirmaron entonces las primeras exportaciones y la industria del aceite de oliva, modernizada y perfeccionada, se incorporó de lleno a un Chile que busca dejar atrás las odiosidades, los conflictos y las divisiones, para trabajar en paz y con iniciativa libre y creadora sus propias potencialidades. Un Chile nuevo que quiere avanzar hacia el futuro, uniendo progreso, belleza y tradición.

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En 2004 había 3.700 hectáreas plantadas, con 20 almazaras, abocadas a producir unas 1.500 toneladas de Aceite de Oliva Extra Virgen, exclusivamente. Y en los primeros cinco años de exportación, la calidad de los nuevos aceites frescos y frutales provenientes de Chile habían recibido un reconocimiento internacional expresado en numerosos premios otorgados a empresas chilenas en prestigiosos concursos internacionales de Italia, España o Estados Unidos.

La empresa pionera “Terramater”, que hoy cuenta con 250 hectáreas, 18 variedades de olivos diferentes, ha proyectado cuatro marcas que se encuentran entre las más premiadas del país.

Actualmente, las hectáreas de olivares para la extracción de aceite suben de 25.000 y la producción aumenta cada año. Para apoyar este proceso, los productores más importantes se unieron en ChileOliva, asociación que se ha transformado en la cara visible de este impulso.

Con la producción de excelencia, surge la connotación simbólico-cultural

cultivo de olivos en el valle de Quilimarí
Cultivo de olivos en el valle de Quilimarí.

Este excelente esfuerzo de creatividad y emprendimiento centrado en el aprovechamiento del potencial que encierra el cultivo del Olivo, ha venido acompañado de un fenómeno socio-cultural que se da igualmente en una gran variedad de ámbitos en la modernizada vida de nuestro agro.

¿Será por los ritmos más pausados y contemplativos del campo, trazados por los ciclos estacionales? ¿Será quizá debido al malestar indefinido que produce la convivencia diaria con la banalidad vulgarizante del pragmatismo moderno? ¿O por la suma de ambas cosas? Lo cierto es que junto con esta renovación modernizadora ha surgido una tendencia a redescubrir los valores culturales inherentes a estos cultivos agrícolas ancestrales y los bienes de alma asociados a ellos. Tema que creo debería despertar más atención de sociólogos, antropólogos, agentes culturales, etc.

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La gente parece experimentar hoy una evidente necesidad de escapar al vacío, la trivialidad y la precariedad en que nos sume el vértigo del materialismo contemporáneo. Se siente el imperativo de llenar de ser y de significado moral, de felicidad no solo material nuestro sistema de vida, nuestro trabajo e incluso nuestros descansos y entretenciones. Hay una necesidad de llenarlos de armonía, colorido y calor humano, de experimentarlos iluminados por el aura en la tradición, de valorizar en ellos la pátina de la antigüedad y de la nobleza que les da la historia y gozar a propósito de ellos de una auténtica y templada felicidad de situación.

sagra de la oliva chileNace la fiesta  

Emerge así — en los remansos contemplativos que aún permite la vida de nuestros campos — de no sé qué profundidades del alma chilena la tendencia a transformar y elevar el trabajo en algún momento al nivel simbólico de celebraciones colectivas. Según la cadencia de algunas de las etapas más importantes del ciclo productivo, como en su momento nacieron las fiestas costumbristas de las vendimias, de las trillas a yegua suelta y otras análogas. Los antiguos las celebraban, el mundo moderno las conservó un poco arrinconadas y empolvadas en el mundo rural, a título de folclórico. Hoy con la renovación material del agro ellas vuelven a tomar vida y colorido, multiplicándose y enriqueciendo las costumbres de la tierra.

Sagra de la Oliva en Los Condores de Quilimarí

A las celebraciones tradicionales se junta ahora la Fiesta de la Sagra o cosecha de la Oliva.

En la hacienda Los Condores en el Valle del Quilimarí, IVª Región, por ejemplo, se han atrevido a lanzarse con entusiasmo en esta iniciativa, habiendo ya celebrado las primeras Sagras, como en su momento lo resgistró nuestro portal de las “buenas noticias”…

Una señal de la expansión e importancia alcanzada en el país por el cultivo perfeccionado de los olivares y la producción de aceites de excelencia. Más aún, una muestra de la elaboración espontánea y colectiva de una cultura viva entrelazada con el trabajo cotidiano. Ella se nutre del fértil humus de nuestra tradición cristiana de base profundamente familiar y agraria que marca nuestra identidad y que el Bien Común pide estimular y proteger.

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